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Nos la pasamos hablando de los Bernie Ecclestone, Luca Di Montezémolo y Ron Dennis entre otros, pero ¿conocemos a los personajes del paddock deportivo venezolano? Le hemos presentado a uno, ahora conozca a otro. Al mencionar su nombre, alguien preguntó “¿quién es?”. Pregunta que no debe hacerse nadie que conozca verdaderamente las raíces clásicas de nuestra centenaria historia automotriz. La persona de la cual hablaremos ocupa su mosaico justo a la mitad de esta, pero hay que considerarle y reconocerle entre los pioneros más pioneros. Y no nos referimos a la industria, sino al deporte, al Maestro de Maestros, Don Félix Varona. Pionero de lo que podríamos llamar “alta mecánica deportiva” es de nuestros primeros mecánicos de profesión. Decir el mejor de los mejores podría parecer una frase hecha pero en este caso ni siquiera hace falta; Don Félix fue el primer profesional especializado en Ferrari en Venezuela, algo que ocurre en los tempranos años ´60 luego de la demostrada maestría al atender los ejemplares que importaba Carlos Kauffman. Alguno de verdadera competición, excepcionales pura-sangre de los que hoy cuestan millones de dólares, cosa que para la época eran treinta o cuarenta mil dólares, en el mundo donde un Chevrolet Bel Air o un Ford Fairlane apenas rondaban los Bs.10mil y el dólar se cotizaba a Bs.3.30. ¿Ha escuchado hablar de los Testa Rossa? Don Félix los reparó. Y también ejemplares más modernos que cada vez más escasos gentleman drivers criollos compraban para competir. Su taller, con una impecable pared blanca en la cual campeaba el emblema rampante, estaba por las inmediaciones de la Avenida Libertador, cuando aquello era predio de los inmigrantes canarios e italianos, casi todos locos por los motores. Como Don Félix, que vino desde la Madre Patria a descubrir un nuevo país que le marcaría entrañablemente. ¿Cómo describir una leyenda indescriptible? Con una frase suya. Hablábamos un día de carros y motores, de americanos y euros. Al mencionar determinado motor, Don Félix habla de su doble árbol y asegura entretenerse mucho al lograr el punto ideal. Luego mencionamos otro “trabajar en esos motores nunca me dio satisfacción”. Hoy la gran mayoría de los mecánicos dicen “reparar” o “arreglar” pero “¿Trabajar?”. “¿Satisfacción?”. Con más de ochenta años Don Félix abre el capó de cualquier carro antes de fijarse en otro detalle. Y como un niño señala cada una de sus partes como si fuera la primera vez. Uno pensaría que tras sesenta años poniendo y sacando bujías estas deben ser lo más normal del mundo, pero no, disfruta contemplando la arquitectura de cada motor que tiene oportunidad de examinar. Y se complace en verificar cómo los ingenieros han resuelto tal o cual detalle. ¿Hasta que punto? Pues sabe, solo sentándose en el carro y dando unas vueltas a buena velocidad, si tiene, por ejemplo, una suspensión independiente o no. El Maestro se mantuvo largamente vinculado al ambiente deportivo local, junto a los mejores lugareños y, por solicitud de ellos mismos, de quienes probaban suerte en el exterior. Quien quiera que sea, quien haya corrido en el exterior, tarde o temprano ha tenido que acudir al Maestro. Uno de los grandes y buenos pilotos locales, Giovanni Assanti, nunca se cansa de recordar como –con impecable maestría- el maestro hacía que un motor rindiera lo inimaginable. Y aunque la alta mecánica es su especialidad, también es impresionantemente hábil cuando, justo a última hora, el motor pura-sangre decide fallar y no se tiene tiempo, a veces ni el dinero, para salvar el asunto. Es entonces cuando la mano mágica convierte en momentos el motor enfermo en un reloj que afina mimosamente. Imagínenlo; sin presupuesto, sin repuestos a veces, sin tiempo ¡y sin chapuzas! Alguien capaz de trabajar la alta mecánica ceñido escrupulosamente al librito es excepcional. Y allí inicia Don Félix, añadiendo arte y experiencia. Los detalles los puede dar cualquier piloto venezolano, o de los vinculados al ambiente. Se pensaría que una persona así debe ser distante, un raro privilegio para los pocos privilegiados que pueden poner sus manos en una máquina de carreras excepcional. Porque, pregunte al mismo Schumi si desea, tener el auto y el material necesario para atenderlo no basta, incluso lo más caro, sin la mano del genio que ponga a funcionar eso que los ingenieros han creado. Pero Don Félix se complace en hablar con cualquier persona interesada en carros. Solo que uno termina escuchando. ¡Y a él le gusta tanto conversar! Basta verle en una pista durante alguna válida para que todos se le acerquen con reverencia. Y Don Félix tiene tiempo para todos, pero no para recordar tiempos pasados, sino para vivir el presente. No tardará en meter la cabeza bajo un capó. Y no porque nadie se lo pida, sino porque es su vida, la pasión que le ha movido por más de ochenta años. Hace más de veinte años, justo cuando Johnny Cecotto preparaba su salto a la F1, vino a realizar unas carreras en Turagua y Maracaibo. La decisión fue de última hora, condicionada por la agenda del ex centauro. Correría, obviamente, en la categoría reina, la F-Ford. Sus rivales, los gallos del patio; Juan Cochesa y Rafael Delgado. La época, la de oro de Turagua, cuando se corría tan a menudo que los pilotos exigían hacerlo en sentido horario y anti-horario para tener variedad, particularidad que Johnny no conocía así que se decidió correr en sentido horario, aunque igual los gallos tenían más kilometraje y experticia que el ex centauro, con mucho tiempo sin correr en Venezuela. Los autos de sus rivales, impolutos y modernos FF perfectamente afinados al estar activos todo el Campeonato. El de Johnny, impecable, le fue gentilmente prestado por Carlos González. Pero no estaba activo y, por ello, iba falto de puesta a punto. Cualquiera hubiera dudado, pero no Johnny, sabedor del deseo de la fanaticada de verle correr. No Don Félix. Allí estaban, en la parrilla, piloto en el cockpit y mecánico llave en mano cuidando los detalles. Se dio la partida y aunque los modernos monoplazas de Cochesa y Delgado salieron raudos, el menos moderno de Johnny saltó como una saeta a la vanguardia, iniciando lo que siempre se recordará como una de las grandes carreras de nuestra historia. La mano de Don Félix le permitió a Johnny contener a dos verdaderos tigres, con autos más modernos y el tono que solo da la actividad constante en una pista harto conocida. La gente rugía en las tribunas con las evoluciones de Cecotto hasta que, un buen rato después, comenzó a perder esmalte. Cochesa y Delgado pasaron ajustadamente al final de la recta cuando el auto de Johnny pagó el tributo a la inactividad; la guaya del acelerador se fue agarrotando. Tal demostración dejó establecida la habilidad de Cecotto, pero también la magia de Don Félix que, en tiempo record, hizo al monoplaza, bueno pero inactivo, tan competitivo como para que Johnny pudiera medirse de tú a tú con grandes ases del automovilismo local. En box todos miran al as y al mecánico con redoblada reverencia. Pero Don Félix no se entretiene hablando del pasado. Para él sigue habiendo fascinación en la profesión pues algunas cosas como cuatro válvulas por cilindro, inyección o levas en lo alto tan típicas de la alta mecánica de ayer, hoy son normales en un carro de bajo precio. A Don Félix eso le emociona y no deja de sentirse fascinado con los avances en ingeniería, aplicaciones de materiales y nuevas capacidades. Veíamos un moderno Familiar y preguntó su caballaje. Al responderle con naturalidad “casi cien” se mostró impresionado y preguntó el peso, que le informamos inferior a mil kilos. “Oye. ¿Pero tú sabes cuántos caballos tenían esos Abarth de antes o esos Alfa bi-árbol?” Don Félix Varona. El Maestro.
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