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Y ha sido una lástima, pero hoy el aficionado a la Fórmula 1 gracias al
apoyo de la tecnología puede ver diversas hazañas y gestas que
ocurrieron cuando aun no habíamos nacido o no éramos conscientes de la
existencia de ese gran huracán de pasiones que siempre ha sido el
automovilismo en su máxima especificación. Hemos visto correr a
Gianclaudio Regazzoni solo gracias a los videos de época. Sin embargo,
sí conocimos su otra faceta; la de comunicador, como embajador del
deporte al que tanto dio, que tanto le dio e igualmente tanto le quitó.
Hoy con Clay se ha ido otro protagonista más del circo, de cuando allí
coexistían mágicamente el riesgo, el espectáculo, el deporte, la
velocidad, la técnica, la gloria y (con pocas excepciones) los valores
humanos.
A lo largo de los años en los que gracias a Dios hemos compartido con
tantas y tantas personas en el continente la pasión por los autos,
siempre hemos defendido la tesis que sostiene que un Campeón de verdad
no es el que acumula victorias, cetros y contratos millonarios sin
importar el modo, sino el que –palmarés aparte- con su calidad como
deportista, profesional y ser humano deja su impronta en la disciplina
marcando el camino a quienes le sucedan con innumerables ejemplos y
vivencias de lo que debe hacer un buen piloto, un buen profesional, un
buen deportista y un buen ser humano. Es este el baremo que mide el
verdadero valor de un piloto (y de todo ser humano en cualquier área);
valorar números, estadísticas y similares puede ir bien al evaluar el
rendimiento de una máquina, pero aquí hablamos de deportistas, de
hombres. En Fórmula 1 no importa hablar de una victoria o un cetro, o de
cien, si no se han conseguido con méritos deportivos y humanos propios.
Por ello con solo seis triunfos y ninguna corona, Gilles Villeneuve es
más importante e inmortal para Ferrari y la Fórmula 1 que los ochenta y
dos triunfos y todo el retorno mediático obtenidos por Michael. Por ello
nadie insinúa ni insinuará comparar a Fernando Alonso con Jim Clark o
Emerson Fittipaldi -que, como el íbero, en su tiempo fue el más joven en
llegar a la corona y a la doble corona- aunque la estadística otorgue
dos coronas a cada uno (incluso aunque el Nano añada alguna otra o
iguale la cantidad de victorias del mito escocés y supere las del
brasileño) y así el nombre de Alain Prost es menos llamativo a la vuelta
de los años que el de Jackie Stewart, incluso aunque tenga un palmarés
comparable y numerosos méritos deportivos y profesionales. Normalmente
hemos mencionado a Gilles al dar ejemplos de que medir la calidad de los
pilotos por puntos marcados, carreras ganadas o coronas conquistadas es
menos meritorio y explicativo de sus bondades que hacerlo por los
valores exhibidos en cada una de sus victorias o derrotas. Clay
Regazzoni es otro ejemplo de verdadero Campeón.
YO, CLAUDIO
Desafortunadamente el gran Campeón ha dejado de estar con nosotros, pero
además de reseñar su triste y repentina partida, vale la pena recordar
su vida y obra a fin de hacer algo que el propio Clay no habría rehusado
hacer y, de hecho, hacía; contribuir con su gran conocimiento y pasión a
que los neófitos comprendiéramos mejor las carreras desde el punto de
vista más romántico, deportivo y hermoso pues solo así se pueden amar
más. Y es que medir la calidad de los corredores en base a su palmarés o
decir que son buenos cuando su mérito (¿?) es reunir el interés
comercial necesario para invertir todo tipo de recursos técnicos,
económicos y mediáticos en construir un auto y un equipo humano que se
encargan de conseguir por él, el cetro y las victorias. Y básicamente
eso, la capacidad de convocar voluntades en torno a sí según la
coyuntura es lo único que hoy, por poner un ejemplo, diferencia a tres
profesionales exactamente equivalentes por calidad y dedicación como
Jenson Button, Mark Webber y Fernando Alonso que, sin embargo, han
conseguido un palmarés y una repercusión mediática muy diferentes. Lo
sentimos de corazón por los fanáticos que opinan que su “benjamín” -el
que sea- es mejor que el mismísimo San Pedro (en el supuesto que hubiera
podido correr en Fórmula 1) pero, en realidad, cuando se comienza a
profundizar la pasión por las carreras se aprende a distinguir lo
ordinario de lo extraordinario y se comprende perfectamente porqué sí
vale la pena pasar horas viendo una carrera de autos “dando vueltas y
vueltas”. Y se comprende también porqué los buenos apasionados cada vez
se aferran más a los recuerdos ante el notable descenso de los valores
deportivos en cada nuevo piloto y al crecimiento de los valores
puramente comerciales o profesionales que las nuevas generaciones
aplauden a los ídolos de este momento pues no pueden conocer a los que
vinieron antes. Es cuando se deja de sentir fanatismo por un piloto para
disfrutar viéndolos a todos pues desde el español hasta el alemán,
pasando por el colombiano, el australiano y -esperemos que dentro de
poco- por el venezolano, todos tienen su lugar en el circo por su
teórica capacidad de dominar con su propio talento a un monstruo de
tecnología que no todos seríamos capaces de controlar, al mismo tiempo
que otros veinte tipos intentan hacer lo mismo.
¿Pero no hablábamos de Clay? Justamente por eso mencionamos todo lo
anterior. El primer contacto que un servidor tuvo con el hoy
trágicamente desaparecido Regazzoni fue hace un cuarto de siglo. Ya Rega
–nombre que le daban los fans- no corría y brindaba sus colaboraciones a
diversos medios impresos en Italia e Inglaterra. Por entonces quien
firma este trabajo era furibundo fanático de un francés que pocos
seguidores jóvenes del circo conocerán; René Arnoux. Para mí era el
pequeño “Nené” el artífice de toda esa poderosa maquinaria llamada
Renault Sport, el genio impulsor de la hechura y desempeño de esa
fabulosa máquina de carreras llamada Renault RE20 Turbo que todavía
sigue siendo de las más hermosas jamás alineadas en un Grand Prix. Y
claro está, para mi criterio de entonces el pequeñito galo era merecedor
de ganar “todas” las carreras en base a su arrojo extraordinario e
instinto por la velocidad. No en balde tenía, en 1983, nada menos que 18
Pole, cuando el record vigente era el de 33 impuesto por Clark
(Sudáfrica, Enero de 1968) y a la altura de registros impresionantes
como el de Niki Lauda, que tenía una veintena corta. Para entendernos
usemos una comparación; esas 18 Pole de Arnoux en 1983 lucían frente a
las 33 de Clark como hoy lucen los 41 triunfos de Senna frente a los 91
de Schumacher y aun así estaban lejísimos de los registros que le
precedían, como hoy están las 15 victorias de Alonso o los sus cetros
frente a los siete de Schumi. Para un joven iniciado en las altas
ciencias del automovilismo deportivo las 18 Pole de Arnoux en 1983 le
merecían ser clasificado tan fuera de serie como hoy Alonso con sus dos
cetros pues esa es la primera fase de toda afición, aplaudir al que gana
y asumir erróneamente que ganar y ser el mejor son conceptos
indivisibles del mismo modo que se asume que ser el mejor hoy, significa
serlo en todos los tiempos por aquello de que gracias al progreso
tecnológico y al solo hecho de que ésta es nuestra época, todo tiempo
moderno es mejor ¿correcto? Pues bien… del mismo modo en que en la
actualidad los fan del íbero agradecerán muy poco los comentarios de un
servidor (y lo mismo ocurre con Schumacher, Raikkonen, etc, que tienen
más de laboriosos profesionales que de genios y virtuosos deportistas),
este viejo fan de la Fórmula 1 agradeció muy poco hace casi treinta años
las severas críticas de Gian Regazzoni hacia Arnoux, que comenzaron a
hacernos ver que una cosa es ganar y otra diferente es ser el mejor, que
hacerlo hoy o ayer importa poco o nada, del mismo modo en que el factor
tecnología es una variable fija ya que en toda época los pilotos
conducen los mejores y más avanzados autos que para ese momento puede
producir la industria automotriz, pero por encima de todo, se comienza a
aprender que siempre el verdadero Campeón toma el mejor y más avanzado
material que pueda conseguir gracias a su puro talento y habilidad, para
obligarle justamente a base de genio a hacer lo que él, lo que el hombre
quiera. Hoy, en cambio, es cada vez más común el fenómeno de imposición
mediática gracias al cual se venden como talentos sobrehumanos a hombres
comunes y corrientes, cuyo solo mérito es haber logrado que un manager
aglutine en torno a ellos millones de dólares en inversiones
publicitarias con las cuales pagar a un gran constructor a los fines de
resolver a base de tecnología lo que todo Campeón de verdad debe
resolver con su talento único y criterio a fin de lograr el cetro. Para
el viejo zorro ítalo suizo el pequeño Arnoux (aunque no tenía atractivo
mediático para convocar en torno a sí grandes patrocinantes ya que
todavía por entonces era necesario tener verdadera habilidad para llegar
a F1 y siquiera ser último en la parrilla de largada al volante del peor
auto) era un tipo carente de clase (siempre valorando los aspectos
intrínsecamente ligados al volante, si bien su origen campesino hizo que
en sus primeros años la gente –incluso Don Ferrari- dijera que era un
hombre basto, nada aristócrata, si bien ello no le hacía ni mejor, ni
peor corredor) y aunque tenía un instinto superlativo por la velocidad,
no era tan hábil en la puesta a punto ni tenía la sensibilidad mecánica
necesaria para sacar el máximo partido al Renault, muy veloz y potente
pero delicado. “Estará al frente, a fondo, mientras duren el motor y las
gomas” solía decir el suizo, añadiendo que su falta de “clase” como
piloto le impedía verificar adecuadamente cuáles puntos del auto podían
mejorar. Alain Prost era también un animal de la velocidad y Clay le
consideraba igual que Arnoux aunque un poco menos rápido y con más clase
personal. Ambos fueron compañeros en Renault y –cuestiones políticas
aparte que favorecían a Alain, más joven y sin el aroma campesino de
René- ambos perdieron la posibilidad de coronarse con las máquinas galas
por la misma razón; exceso de errores de exhuberancia en pista y con la
mecánica. ¿La diferencia entre uno y otro? René era mucho más rápido e
instintivo que Alain y le gustaba meter mano al aspecto técnico (más
como curiosidad que para aportar soluciones) pero éste, a diferencia de
René, mostró mayor preocupación por dominar el área profesional del
asunto en un modo más científico al darse cuenta que ser rápido, no
tener miedo y tener un auto veloz era solo parte del negocio. René –a
quienes sus contemporáneos definieron como excesivamente apasionado por
los autos al punto de no tener más tema de conversación que ese y
perjudicar por esa causa su propia trayectoria profesional- pronto cayó
víctima de las intrigas en Ferrari y no tardó en perder la motivación,
comenzando una imparable espiral negativa mientras Alain dejó de confiar
todo exclusivamente a su talento y a su rol como niño prodigio del
automovilismo para aprender de Niki Lauda en McLaren lo que significa
ser experto, completo y profesional, aplicándolo de inmediato y
consiguiendo ser uno de los pilotos más veloces, seguros y efectivos que
jamás hayan pisado las pistas, inclusive a un grado mayor que el de
Michael Schumacher que jamás tuvo que enfrentar la copiosa y exigente
oposición que en cambio fue el día a día de gente como Alain y Ayrton.
Ver las críticas que en su día Regazzoni extendió a ambos franceses por
su exceso de pie pesado y apartar el fanatismo para aplicar un criterio
más objetivo a medida que uno y otro evolucionaban en el circo me hará
en lo personal ver lo acertado de aquellos criterios y, sobre todo, me
enseñó a conocer y amar más la Fórmula 1.
Clay Regazzoni defendía esos argumentos con vehemencia, con pasión, con
sinceridad. Porque creía en un automovilismo donde había riesgo, pero
también arte, donde el hombre necesitaba el mejor auto para ir más
rápido que nadie pero siempre era responsable de que ese auto hiciera lo
que él ordenara al volante. Donde había técnica, pero también belleza,
donde la motivación principal era “hacer el amor con el auto y fundirse
en un orgasmo de velocidad que sea lo más duradero posible” atendiendo
con reverencia a lo logrado por quienes habían transitado antes por las
sendas del deporte y solo luego venía el lucro, la fama y la
popularidad, que en cambio son las razones principales que hoy animan a
la mayoría de los profesionales del circo a competir o sin las cuales un
talentoso profesional muy preocupado por el área técnica como Nick
Heidfeld y que cuida poco o nada su relevancia mediática, pasa ante los
ojos del mundo como un relleno, o que permiten que hoy se puedan ganar
carreras sin saber siquiera quiénes fueron en su tiempo los rivales de
Fangio y Moss y porqué o, peor aun, saber cuáles autos pilotaron estos
señores y qué soluciones técnicas proponían, por no decir que gracias a
dedicar todo su tiempo a convertirse en estrellas son incapaces de
explicar en una forma tan prolífica como la que exhibían el propio
Arnoux o Jabouille en su tiempo para orientar a los pilotos sobre el
manejo del turbo o las gomas radiales, qué es un sistema de amortiguador
de masa y cómo afecta técnicamente al rendimiento del auto. Tan
apasionado, vehemente y latino era Clay que es difícil creer que haya
nacido en Suiza y no en Italia, donde recalará y se sentirá tan afín,
que terminará adoptándole como su patria del mismo modo en que la
península itálica le adoptó.
EL ENCANTO DE UN BIGOTE
Desafortunadamente quien escribe no tuvo chance de valorar lo que
significaba ver en pista a Clay. Enfocado a esperar las victorias de
René Arnoux con el fantástico Renault, poco o nada podía entender porqué
un hombre que “apenas” había ganado cinco GP y estaba a años luz de las
18 Pole del prodigioso René era tan o más estimado que éste, incluso
pese a estar retirado y haber pasado sus últimos años en Fórmula 1
corriendo en tartanas poco competitivas. Llegas a creer que los buenos
carros van confiados a los buenos pilotos y los malos, a los mediocres,
que siempre gana el mejor al volante y que solo eso basta para recibir
un buen auto. Y así consideré a Clay en esos años de 1978, 1979 y 1980.
Para un servidor, su accidente había ocurrido a consecuencia de manejar
un auto malo y por causa de un error, pues “los buenos pilotos no se
matan” (Fangio solía decir que la habilidad de los pilotos residía menos
en su capacidad para esquivar árboles o guardarrieles cuando ocurría
algo malo y más en saber esquivar las camas de los hospitales). Y así
quedó, mereciendo absolutamente ningún crédito para mí –como
demostración de mi supina ignorancia- las rúbricas que luego Clay firmó
para varias revistas italianas. Y con el paso de los años ¡oh sorpresa!
El “inepto” creador del “cacharro” en el cual Clay había perdido la
movilidad de sus piernas cubrió de gloria a Alex Zanardi en el circuito
IndyCar; Morris Nunn. Ya para entonces mi incipiente visión de fanático
había evolucionado hacia una mucho más seria y completa, de apasionado…
y comencé a conocer y valorar a Clay Regazzoni. En lo sucesivo pude ver
por mí mismo –y sin conocerle en persona- porqué nombres como los de
Gilles y el suyo son escritos con mayúsculas en la página dorada del
automovilismo y por lo general por delante de los de Schumacher, Alonso,
Raikkonen y tanto ídolo mediático de la actualidad. Ni siquiera sería
justo decir que Clay no fue Campeón con Ferrari mientras Lauda ganó dos
coronas en esa misma época y con igual máquina por la misma razón que
hace tan notoria la diferencia entre el palmarés acumulado por Alonso y
el de Button pese a ser profesionalmente equivalentes. Tampoco fue la
misma razón por la cual mientras Schumacher ganaba tanto en Ferrari,
Barrichello no combinaba gran qué pese a su innegable habilidad al
volante y voluntad de trabajo. Podríamos agregar que Lauda era un buen
profesional cuya fortaleza al volante venía derivada de eso, de su
resuelta manera de hacer negocios y por ser joven, vital, físicamente
apto, más que por una cuestión de talento puro e ilimitado. De hecho, el
propio Lauda no tiene reparos en reconocer que sin Ferrari (por ende sin
Clay, que en esos años le enseñó cantidad de cosas) y sin el accidente
en Nurburgring, realmente su espacio en la historia del automovilismo
sería imperceptible. Pero justamente –nos salimos del tema- por eso el
austriaco merece ser llamado Campeón con mayúsculas; pese a un talento
promedio para pilotar, su determinación como ser humano y entereza ante
la adversidad le permitieron cambiar diametralmente un destino ingrato.
Lauda no es Campeón ni leyenda por haber ganado dos cetros para Ferrari,
incluso aunque eso significó romper diez años de derrotas y salvar la
relación comercial con FIAT. Lauda es Campeón porque cuando la vida se
le cuadró de frente, la enfrentó con valentía y dignidad, actuando
siempre bajo su criterio, bueno o malo y quedando eso como impronta,
como ejemplo. Esa entereza le permitirá años después acumular a base de
experiencia pura un nuevo cetro, batiendo a un verdadero animal de la
velocidad muy bien preparado como Alain Prost. Aseveración que el propio
Clay defendía con vehemencia, no para desprestigiar a Niki, sino porque
su deseo era que los adeptos al automovilismo alabemos al dios correcto
o, al menos, sepamos cómo es realmente ese piloto al que dispensamos
nuestras simpatías. Y el austriaco siempre lo aceptó, describiendo a
Gian como el hombre más franco que jamás ha conocido.
CON FERRARI Y EN ITALIA
Don Enzo Ferrari de pilotos sí que entendía. Y claro está, sabía que el
factor estadístico es solo una parte pequeñísima de la verdad. “Quizá
por ello me llamó a Ferrari cuando gané la corona de Fórmula 2” contará
Clay muchas veces. En este punto debemos recurrir a la biblioteca para
tener una luz biográfica. Nacido en Septiembre de1939 en un pequeño
pueblo suizo, Clay hereda la pasión por los autos de su padre, que
trabajaba en la reparación de carrocerías (sí, latonero). Su primera
carrera fue a los 24 años, es decir, casi a la edad a la cual Alonso ha
conquistado el primer cetro y llegado a la cúspide de una carrera
profesional que gracias a la disciplina paterna inició a los cinco años.
El español necesitó veinte años de experiencia y todo tipo de apoyo de
la industria privada y el ambiente deportivo de su país para disputar (y
ganar) el cetro de Fórmula 1 lo cual, por mucho que hayan cambiado los
tiempos y por muy joven que haya llegado a la corona en sí, es un
exponente claro del talento real del íbero y de su rapidez de
aprendizaje. Clay, en cambio, solo requirió diez años aun partiendo de
unos orígenes más humildes que los de Alonso, Schumacher e incluso
Raikkonen o Kovalainen, pues en 1974 disputó contra Emerson Fittipaldi
la final de la corona y, tal como él recordaba jocosamente, “fui Campeón
durante medio kilómetro”. Fue un fallo de amortiguadores, pero en
realidad la historia es impresionantemente farragosa y para muchos se
puede definir con palabras italianas como “vendetta” o “mafia”.
Irónicamente Clay no perdió la corona por haberse enemistado con Don
Enzo y pese al bochornoso episodio (la experiencia de Clay como titular
en Ferrari fue toda un bochorno, del cual gentilmente el suizo no quiso
hablar mucho para no convertirse en una lavandería de trapos sucios) Il
Commendatore y el suizo fueron íntimos amigos hasta el fallecimiento del
Vecchio en Agosto de 1988, pocas semanas antes que Clay cumpliera 49
años.
Su incipiente debut en 1963 en una carrera en cuesta (¿saben los
actuales aficionados qué especialidad es ésta y porqué aun se le llama
una de las más puras esencias de la competición a tope?) con un humilde
Mini de 1200cc le mereció entrar en el ambiente y conociendo gente de
aquí y de allá, apelando a su simpatía natural y animado por ese vital
deseo de ser feliz haciendo lo que más hace latir tu corazón, se fue
empeñando en autos cada vez más exigentes. En 1968 ya corre en Fórmula 3
y en 1969 inicia su aventura en Fórmula 2 (la abuela ancestral de la
actual GP2, donde los triunfos de Ernesto Viso batiendo directamente a
Lewis Hamilton o Nelson Angelo Piquet parecen flagrantemente olvidados
por los medios locales), involucrándose en una inolvidable y romántica
aventura que bajo el nombre de Equipo Tecno, reunió a una pequeña y
notable agrupación de técnicos e ingenieros que crearon un auto con los
medios que tenían a mano pero dotado de interesantes soluciones técnicas
todavía recordadas por los buenos apasionados. El Tecno de F2 será de
los autos más influyentes y recordados entre los muchos que militaron en
la categoría antesala y con él Clay será Campeón de Europa. Ello, como
decíamos, le valió la atención de Il Commendatore, quien reclutó a parte
del team, incluyendo a Clay, que hará pareja con otro mito de la Fórmula
1 cuyo nombre debería ser más notorio para los actuales fanáticos que el
de Michael Schumacher o el de Fernando Alonso si a la hora de describir
la calidad de un Campeón, más que los puntos se tuviera en cuenta qué
tan cerca se está de ser realmente un piloto completo; Jacky Ickx. Para
muchos, el belga simplemente fue responsable de la “torta” monumental de
detener inesperadamente el GP de Mónaco 1984 evitando que Senna con un
humilde Toleman le ganara al potente McPorsche de un Prost que casi
jugaba como local. Sin embargo eso es un mero intermedio en una carrera
que incluye seis triunfos en LeMans, victorias en turismo, seis triunfos
en Fórmula 1, un debut asombroso en el circo en los tiempos en que los
F2 y los F1 corrían juntos (iba cuarto con un Brabham de F2 en el
Nurburgring, tras tres potentes F1, cuando una suspensión se rompió a
pocas vueltas de la meta) y una fama indeleble de ser muy veloz bajo
lluvia a un nivel incluso superior al de Michael Schumacher o Ayrton
Senna. Fue, sin duda, una apoteosis que un tipo como Clay, casi
desconocido y en torno a 30 años de edad, estuviera a la altura del ya
reputado belga. De hecho, ganó su primer GP en su primer año y en el
lugar más entrañable para ganar con Ferrari; Italia. No será casual,
pues ganará un segundo GP en Monza, en el 75. Ya tenía su espacio en el
circo.
Sin embargo la Ferrari de esos tiempos no era la de hoy. Los problemas
económicos que Don Enzo había enfrentado en los años ’60 quedaron
solventados por la histórica sociedad con FIAT en 1969. Desde Turín
fueron llegando fondos para refrescar la pequeña factoría y poner en
marcha nuevos planes de crecimiento y modernización, pero era necesario
asimilar la nueva situación, tanto en Ferrari como sus nuevos socios y
dentro estaba el orgullo de Don Enzo, que no toleraba demasiado que FIAT
dictara órdenes por el hecho de poner “el dinero” y que éstas vinieran
de parte de la familia Agnelli, pero también de parte de la sucesión de
directivos que la familia iba colocando en la empresa familiar,
incluyendo la imposición del magnate Gianni Agnelli de su yerno Luca
(sí, Luca Cordero, quien en esa época apenas llegaba a los treinta años
de edad y además de ser un buen estudiante universitario ya había
probado suerte en algunas carreras en Italia en la propia gestión de
Ferrari a partir de 1974, si bien con el tiempo Il Commendatore llegará
a intimar con él gracias a su indudable carisma y talento. Todavía en
1970 y 1971 el nivel no era malo, quizá un poco por la inercia de los
tiempos pasados, cuando Ferrari era competitiva, pero la tecnología
comenzó a evolucionar en forma aceleradísima desde que Colin Chapman
estrenó el Lotus 72 en 1970 y con él una forma totalmente opuesta de
entender el aspecto técnico de un Fórmula 1. Un cambio coyuntural que
tardó en ser asimilado por el circo y mucho más por Ferrari, que ya
tenía bastante en qué pensar tratando de adaptarse al Grupo FIAT. Clay
gana su segundo GP en Inglaterra, en 1971, pero los rojos comienzan a
perder competitividad en forma alarmante y Enzo no le cierra las puertas
a Clay cuando éste tiene una oferta como titular de BRM en 1973. Un
equipo sólido, con solera y patrocinado por una multinacional del
tabaco. También parecía tener un buen auto, pero en realidad BRM estaba
librando una heroica batalla por volver a las posiciones punteras a las
que otrora fuera asidua con una última y desesperada inversión en
medios, equipos, técnicos y pilotos sabiendo que si no lograba
reverdecer los éxitos pasados, sería muy difícil seguir arrastrando los
pasivos que acumulaba el team tras años magros en resultados. Pese a los
esfuerzos de todos, el intento no tuvo éxito y los BRM en 1973 –aunque
no fueron malos- simplemente eran insuficientemente competitivos frente
a los Lotus, Tyrrell y McLaren.
Clay, mientras ingresaba a BRM, había conocido a un joven corredor
austriaco que tenía diez años menos que él. No podía considerarse
prodigioso al volante, pero no temía la velocidad y además de joven y
saludable, resultaba tremendamente despierto y sabía manejarse muy bien
a sí mismo. Tenía, entre muchas virtudes, una gran autoconfianza y
gracias a ello había tomado la heroica –o quimérica, según se quiera
ver- decisión de solicitar un préstamo bancario de altos quilates para
ir en busca de un puesto en F1, pues no tenía ningún patrocinante de su
país que le ayudara, ni ningún manager que consiguiera ese puesto para
él; Lauda.
Será el propio Regazzoni quien recomiende a Enzo Ferrari fijarse en
Lauda y el fino olfato del patriarca le hará contratar al desconocido
austriaco luego de verle en los GP de Mónaco y España por TV (desde la
muerte de su hijo Alfredo, Enzo dejó de acudir a los Grand Prix con la
ocasional excepción del de Italia). A la larga Lauda y Clay dejarán BRM
debido a la caída en espiral de la competitividad del equipo tras el
descalabro financiero, pero no dejarán de ser compañeros ya que Enzo
Ferrari convocó a Rega de vuelta para 1974 una vez Ickx terminó hastiado
de discutir con los técnicos del team y encontrara más halagador
competir en LeMans (entonces el Campeonato del Mundo de Sport tenía
tanto -incluso más- prestigio como la F1).
La situación que encontraría Clay en su retorno era particular; FIAT
había hecho saber a Enzo que invertiría mucho a cambio de resultados
deportivos cuya repercusión influyera positivamente en las ventas de los
autos que fabricaba. Con ello dejaba claro que la cuantía de las
inversiones en la fábrica y en la actividad deportiva sería proporcional
al éxito en las pistas por lo cual il Commendatore sabía que igual podía
prever con exactitud cuanto dinero recibiría de FIAT si Ferrari seguía
recogiendo pocos –como entonces- resultados. O peor aun, si no conseguía
resultados en lo absoluto, tal y como ocurrió durante parte de 1973.
A base de imponer fuertemente su autoridad, Enzo asumió la –más que
reorganización- modernización de Ferrari. Para ello cambió la estructura
técnica, confiando el rediseño del desastroso 312B3 a Mauro Forghieri,
un joven y polémico ingeniero italiano que había crecido en Ferrari y
que tras una década larga de servicios en Fiorano parecía listo para
hacer que Ferrari se pusiera al día técnicamente, siguiendo los
lineamientos ya impuestos por Chapman o Gardner en sus autos. Con la
ayuda de Forghieri el desastroso B3 fue totalmente remozado poniendo las
bases para el 312B4 de 1974 que a su vez dará vida al exitoso 312T de
1975, una evolución de aquel. Ya habíamos mencionado que Luca Di
Montezémolo, el yerno de Agnelli, también formó parte del team y junto a
él estaba un joven ex rallista italiano que este año vimos en el circo
al frente de la gestión técnica del team Súper Aguri; Daniele “Lele”
Audetto.
En ese contexto, Clay era el experto piloto de escuela tradicional, que
todo lo solucionaba en base a lo aprendido y tratando de compensar la
carencia de un mal auto con arrojo al volante. Lauda era más joven y por
ello en Ferrari se extendió la impresión de que el austriaco debido a su
forma de ser y trabajar podía ser vinculado a un comportamiento más
profesional y científico seguramente mejor apreciado en el contexto de
una Ferrari renovada, rejuvenecida y modernizada, donde recordemos, los
cargos directivos venían confiados a jóvenes estrellas como Forghieri,
Montezémolo, Audetto y otros, más contemporáneos de Lauda que de Clay.
Una vez Forghieri logró que el 312B4 fuera competitivo, Regazzoni
comenzó a recoger resultados con regularidad mientras Lauda era
igualmente fuerte, pero al encontrarse por vez primera disputando las
victorias, también caminaba sobre un terreno que aun no conocía y fue
cometiendo diversos y pequeños fallos de inexperiencia. Al final de la
temporada Clay estará en una posición inmejorable para ganar el
campeonato a diferencia de Lauda que, pese a ganar su primer GP ese año,
apenas será 4º en el ranking.
La preferencia de Ferrari por Lauda, atendiendo a cuestiones de imagen y
comerciales, sin olvidar el entusiasmo del Commendatore y de la
plantilla joven del team por el austriaco, era recibida por Clay del
mismo modo en que podía recibirla todo piloto experto de temperamento
tradicional; a veces lograba ganarse la admiración del team con
resultados gloriosos y otras veces para conseguir el necesario apoyo
técnico o psicológico (que realmente fue el que más faltó en su caso) no
podía evitar las polémicas que –como todos sabemos- siempre son muy
pintorescas entre italianos, más en Ferrari conociendo los caracteres de
gente como Don Enzo o el propio Forghieri. De una forma u otra, la
vinculación de Clay y Ferrari conocía altas y bajas, pero el suizo no
lograba del todo hacerse merecer privilegios por antigüedad en Ferrari,
cuando más bien la orden imperante en el team era
“modernización-renovación”. Sea como sea, cuando el bravo Clay llegó a
la carrera final de 1974 (el GP de USA) con todo el chance de ceñirse la
corona frente a Fittipaldi, encontró que su auto usaba amortiguadores
cuyo poco rendimiento y durabilidad habían sido ya señalados a los
técnicos del team. El equipo, empero, atendiendo a las indicaciones
previas de Lauda, no había hecho nada. Clay pudo calificar bien y
comenzó la carrera delante del brasileño de McLaren pero pronto sus
amortiguadores flaquearon y el auto comenzó a perder rendimiento.
Fittipaldi le superaría de inmediato, pero mientras el suizo mantuviera
al Ferrari en posiciones punteras, habría esperanza. No ocurrió así, los
amortiguadores se degradaban más y más, acabando toda residual esperanza
a poco de trasponer la mitad de la competencia lo cual dejó en manos de
Fittipaldi la corona y a Ferrari con un subcampeón en la persona de Clay,
lo cual no tuvo mayor repercusión en prensa que los éxitos o descalabros
de Lauda, por lo cual Ferrari conservó a sus pilotos para 1975 y la
política de mantener el apoyo irrestricto a Niki que, ya con la
experiencia del año anterior bien archivada, no cometerá errores y se
ceñirá el cetro. Regazzoni, por su parte, solo se limitó a señalar que
si Ferrari hubiera decidido apoyarle en 1974, el cetro hubiera sido suyo
(una historia que curiosamente se repitió con Eddie Irvine en 1999, que
también pierde el cetro a causa de una debilidad técnica que Ferrari
pudo y no quiso corregir; los amortiguadores de Clay se convirtieron en
el chasis viejo y en el fondo plano desajustado con las consecuencias
aerodinámicas pertinentes, que no fueron corregidas por Ferrari en el
auto de Irvine debido a que el team dedicó la mayor parte de su tiempo a
intentar darle a Schumacher un carro ganador) y como su simpatía y
donaire estaban por encima, enseguida retomó de buena gana su labor para
el team, contribuyendo grandemente al establecimiento definitivo del
concepto técnico que terminaba de madurar en el 312T y, con ello, al de
esa nueva Ferrari que será imbatible en 1975.
Clay conservaba su puesto en Ferrari para 1976 al igual que Lauda y
éste, en espléndido estado de forma, iba directo al grano cuajando una
primera mitad de temporada fenomenal, que podría recordar a la de
Fernando Alonso en 2006, si bien a diferencia de ahora, Lauda y Ferrari
formaban un equipo totalmente amalgamado en vez de la relación
dependiente-patrono que siempre identificó a la dupla Alonso-Renault.
Clay, en ese contexto, estaba un poco fuera de lugar pues aunque recibía
respaldo técnico de Ferrari, el team estaba empeñado en mantenerse
girando en torno a un Lauda ya muy popular. Pasará la mitad de la
temporada y con ella el accidente del austriaco en las primeras vueltas
del GP de Alemania. Ese día Clay experimentó toda clase de pensamientos
encontrados. Por una parte era el tremendo impacto de ver el pasmoso
accidente de un colega que además era compañero y amigo. Por otra parte
era el deseo de salvaguardar los intereses de Ferrari y del compañero
caído. También estaba el sentimiento de ética y respeto al público,
unido a la sensación de que Ferrari en Alemania podía conquistar un gran
resultado. Era difícil meditar y mucho más fácil dejarse arrastrar por
la emotividad del momento, así que Clay y Ferrari no se opusieron a
disputar el GP de Alemania pese a que Lauda estaba debatiéndose entre la
vida y la muerte tras pasar 23” en el cockpit quemándose vivo. Tampoco
había remedio pues nadie parecía querer renunciar a la carrera. El
resultado sería agridulce pues, por un lado, Rega logró un buen lugar
pero James Hunt también lo lograba y se convertía en un inesperado
enemigo para Ferrari que, obviamente, a partir de entonces comenzó a
intentar en lo posible salvaguardar de los ataques de Hunt la gran
ventaja de Lauda.
Lo emocional del momento y el cruce de tantos y fuertes egos en Ferrari
será común en las semanas siguientes. Clay no tenía demasiadas
aspiraciones deportivas, pero muchos le acusaron de pensar más en ellas
y en reclamar su derecho de antigüedad, que en el equipo. Éste tampoco
pareció siempre claro en su objetivo, fuera salvaguardar la ventaja de
Lauda, fuera seguir ganando carreras gracias al gran nivel del 312T2,
fuera buscar formalmente un relevo para el austriaco por si acaso éste
no se recuperaba lo cual, por su parte, sembraba no pocas dudas en Clay.
El intento de contratar a gente como Emerson Fittipaldi o Ronnie
Peterson para relevar a Lauda se vendrá al piso por varias razones,
quizá sin olvidar que ninguno aceptaba un puesto transitorio en Ferrari
donde, encima, no tendrían derecho a ganar si significaba no respaldar a
Lauda quien se recuperaba milagrosa y velozmente al punto que desde el
mismo lecho donde días antes languidecía y desvariaba pugnaba por
mantener su volante, lo cual solo complicó la situación en Ferrari y sus
chances de retener la corona a pesar de todo. Clay estaba en medio,
experimentando toda una mezcla de sentimientos cuando en Maranello
anunciaron la ficha de Carlos Reutemann, directamente contratado por
Enzo. El argentino, pausado y elegante frente al visceral y gesticulante
Regazzoni, cautivó de inmediato a Forghieri quien pensó que sería menos
polémico que el animoso Clay, con quien las relaciones nunca fueron
demasiado íntimas debido a la marcada tendencia del piloto a buscar
defectos en el auto. A la postre se presentó esa especie de boicot no
consumado de los pilotos en Japón que obligó a Lauda a abandonar
prematuramente (aunque es universalmente conocido que el austriaco se
detuvo alegando miedo, en realidad había un pacto entre los pilotos
parecido al de USA 2005 en el cual la mayoría pararía en box en las
primeras vueltas de carrera para boicotearla debido a que los
organizadores decidieron dar la largada bajo un enorme aguacero en una
pista muy mal asfaltada que no drenaba en lo absoluto) y aunque Ferrari
retuvo el cetro de constructores tuvo que resignar el de pilotos a favor
de Hunt, creando toda una serie de malestares que se manifestaron en
diferentes formas. Las cosas en Ferrari no estaban claras y visto que
una parte del team ya estaba cautivada con la gallarda elegancia del
taciturno Reutemann, Clay se encontró sin trabajo.
UN NUEVO PROYECTO…
El suizo no durará sin volante. Morris Nunn era un joven ingeniero que
tenía un buen proyecto en torno a un auto muy bien concebido alrededor
de ciertas soluciones técnicas inglesas tradicionales. Clay y él eran
muy amigos, así que aceptaron colaborar, al menos mientras Rega
conseguía un volante puntero. El auto no era malo (de hecho Clay
revoloteó con el podio en el GP argentino, luchando con el futuro
ganador, Scheckter hasta pocos giros del fin), pero la infraestructura
del team era carente y tampoco sus mecánicos abundaban ni eran expertos.
Pese a ello gracias a Ensign Clay pudo mantenerse en la órbita del circo
y pronto vendrá Bernie Ecclestone a hacerle una oferta verbal para ir a
Brabham en 1978, curiosamente como relevo de Reutemann. Será un nuevo y
farragoso capítulo de los tantos que caracterizaron esa época y de nuevo
Lauda estuvo involucrado, dejando claramente establecida su verdadera
habilidad; la de resuelto negociante, promoviendo su propia imagen. Tan
pronto se armó el revuelo mediático con la ida de Lauda de Ferrari a
Alfa Romeo, por entonces una empresa rival de FIAT cuyo equipo estaría
patrocinado por una empresa láctea de Parma, Niki añadió más fuego
rehusando disputar las dos últimas pruebas de 1977 con Ferrari para
algún tiempo después anunciar su ida a Brabham. Regazzoni, que ya
contaba con la palabra de Ecclestone, tuvo que apretar sus puños y
mentón cuando Ecclestone le dice “yo jamás firmé nada” y se entera de la
llegada al team de John Watson lo cual será el caldo del cultivo en el
cual anidará la virulenta pelea que sostendrán Clay y Bernie en medio de
los tristes eventos en la largada del GP de Italia de 1978 que, por
cierto, ganó Lauda. Muchos habrán acusado a Clay de peleón, de
virulento, pero así era él; latino en todo, incluso al exteriorizar sus
sentimientos sin importar que llegara a ser explosivo en momentos como
los que caracterizaron al GP de Italia 78, al de Alemania del 76, al de
USA del 74 o a todo lo ocurrido en Ferrari, solo por mencionar pocos
episodios. Clay no dudaba en defender acaloradamente sus argumentos, a
veces solo atendiendo a su propio sentido personal de la ética y
anteponiendo esto a circunstancias, coyunturas e incluso relaciones
entre profesionales o amigos. Si algo molestaba a Claudio, intentaría
arreglarlo con cuatro gritos bien dados. A lo mejor lo solucionaba, a lo
mejor terminaba de dañarlo todo o posiblemente, como pasó muchas veces
en Ferrari, simplemente era la forma de desahogar el mal humor para
mañana seguir en lo mismo sin que las cosas cambiaran en absoluto, una
característica que muchas veces usaron los interlocutores del suizo para
sacar ventaja sobre él. Y es que Clay era así; amigo de hablar siempre
directa y claramente, sin importar el tono que tuviera que usar, pero
igualmente leal a sus amigos y a sus causas, amigo de tener muchos
amigos.
Una de esas viejas amistades, la de Frank Williams, salvó a Clay de
quedar vacante o condenado a pilotar autos mediocres como única
alternativa para seguir en F1. El inglés ya había conseguido patrocinio
árabe y gracias a ese dinero pudo olvidarse de contratar pilotos de mala
calidad como Patrick Neve o bisoños debutantes cuya única virtud era
portar dinero suficiente en forma de patrocinio al equipo. Williams y
Head ya estaban muy compenetrados con Alan Jones, con quien
establecieron una relación tan estrecha que parecían cómplices
confabulando entre sí el mejor modo de batir en pista a sus rivales.
Clay fue contratado por Williams con la promesa de que tendría un buen
auto en la medida en que ayudara a ponerlo a punto con su experiencia y
arrojo. El FW07 era una genial interpretación del Lotus 79 hecha
impecablemente por Head. Será considerada la versión madura de éste
inspirando a casi todos los F1 entre 1979 y 1982. Clay ayudó a definir
sus componentes y a determinar los sitios a ser reforzados. La temporada
comenzaba con los mejores auspicios para él y Jones mientras Williams ya
soñaba con comenzar pronto a ganar GP e incluso luchar por el cetro, lo
cual será una realidad ya desde ese 1979, tomando al team desprevenido.
Ese sentimiento de ser competitivos y estar en el paraíso de la F1 pero
aun no creérselo del todo fue lo que quizá animó a todo el team Williams
a abandonarse tras los ensayos al GP británico 1979 a una impresionante
rumba flamenca, cargada de ron y bailarinas. Regazzoni y Jones
estuvieron prácticamente toda la noche anterior al GP celebrando las
buenas posiciones logradas en ensayos, si bien no todo el mundo esperaba
que ganarían la carrera. Sin embargo tanto el australiano como el suizo
eran verdaderos duros y estaban dispuestos junto a sus autos el domingo
pese a la severa resaca y a la falta de sueño. Rega verificó
cuidadosamente su auto en la mañana y pidió ajustar tal o cual detalle
mientras Jones secundaba la euforia que sentía Frank Williams al ver sus
autos al frente de la parrilla justamente en el GP de su país natal, del
país donde además había nacido la industria de la F1. Lo cierto es que
quizá algo no quedó bien verificado en el auto de Jones y éste, tras
despegarse inmisericorde en punta, tendrá que resignar una victoria ya
suya debido a un fallo en los radiadores que sobrecalentará al motor
hasta reventarlo. Clay había logrado evitar que ese problema surgiera en
su auto y pese al esfuerzo de la carrera no tuvo problemas en relevar a
Jones, dando el primero de sus más de cien triunfos a Frank Williams. La
alegría del team, con su flema británica bien visible, no se hizo
esperar pero Clay jamás entendió cómo algunos periodistas intentaran
llamar un simple exceso de flema británica al hecho de que ni Head, ni
Williams, hubieran agradecido nunca al simpático Rega haberles dado el
primer triunfo y, con él, sacarles definitivamente de entre los
pobretones perdedores de la F1. Una victoria que, entre otras cosas, era
muestra inequívoca del buen estado de forma de Regazzoni pese a sus casi
40 años de edad, sobre todo si recordamos el fiestero ajetreo del día
anterior. Pero nada de eso ayudará mucho en lo sucesivo. El expansivo
Clay cada vez se vio más aislado en el team y su carácter distendido,
alegre y bonachón cada vez contrastaba más con el ambiente rígido,
flemático y cada vez más técnico que Williams daba al team, ya en franco
inicio de su apoteósico despegue con Jones ganando una carrera tras otra
y quedándose corto frente a Ferrari y Scheckter en su ataque al cetro en
la segunda mitad del año. La relación entre ambos no durará más de un
año y curiosamente, otra vez la llegada de Reutemann tuvo que ver en su
salida del team, tal y como en Ferrari.
De nuevo es Nunn quien viene al rescate. Tenía para 1980 un mejor
proyecto, más dinero, una idea mucho más clara de cómo hacer las cosas
bien, qué necesitaba y cómo conseguirlo. Ensign, como equipo, fue
replanteado y su auto, el MN180, era prometedor. Clay lo constató cuando
le hizo el favor a Morris de probarlo en invierno; aun estaba crudo en
muchos detalles, pero no era nada difícil de resolver si se sabía cómo.
A falta de un buen volante, de nuevo Clay volvió a entusiasmarse en el
proyecto del amigo y se entregará en cuerpo y alma a desarrollarlo como
si no pensara en abandonar el team si encontraba sitio en un equipo
puntero. Unipart, la gran distribuidora de repuestos en Inglaterra,
creyó en el proyecto y en Argentina, primer GP de 1980, el único auto
del team con Clay al volante sorprenderá a propios y extraños. Los
propios periodistas, por entonces verdaderos duros y conocedores de la
disciplina, no vacilaron en ratificar que Rega tenía razón cuando decía
que el MN180 era un potencial ganador una vez se resolvieran ciertos
detalles. Pese a que el team no tenía demasiados medios, el auto
recurría incluso a técnicas novedosas de construcción, con generosas
aplicaciones de metales diferentes al aluminio, incluyendo titanio e
incluso la aun poco conocida fibra de carbono con la cual solo pocos
innovadores como Gordon Murray estaban trabajando en esos días. El auto
era rápido y ligero, tenía buenos neumáticos y también motores Cosworth
frescos, atendidos directamente por Cosworth o por John Judd. Clay, que
ya tenía 40 años y por ende era un veterano, se sintió rejuvenecer.
Llegaba la carrera de Long Beach y ya Clay había demostrado en Kyalami e
Interlagos que el Ensign progresaba. Esa carrera en California se
disputaría sobre un trazado urbano entre muros y ya Clay la había ganado
en 1976, con el 312 T2 que según sus propias palabras será el mejor F1
que haya pilotado. Conocía la pista y el ambiente le traía gratos
recuerdos ya que siempre había sido de los pilotos más competitivos en
el sui géneris trazado de Long Beach. Se esperaba que hiciera calor y
que entre eso y la propia configuración del circuito la carrera fuera
una verdadera prueba de resistencia para los pilotos en el plano físico
y en su capacidad de concentración sin olvidar el suplicio al cual se
verían sometidas las gomas, los frenos y las cajas de cambio.
Clay, tras un inicio de carrera cauto, había logrado sacar partido a su
experiencia para ir sorteando obstáculos que a otros pilotos les habían
obligado a abandonar. Estaba lejos del carioca Nelson Piquet, que iba
rumbo a ganar su primer GP, pero había logrado abrirse paso en el
pelotón y dar cuenta de un veterano curtido pero lejos de estar acabado
como Emerson Fittipaldi. Los Williams de Jones y Reutemann habían
claudicado, los Ferrari también y así sucesivamente. Solo los duros se
quedaban para luchar.
Fue cuando Rega comenzó a apretar con toda su energía. De ese modo
estaba logrando proyectarse a él y al Ensign a un fantástico e
inesperado 4º lugar, dejando cada vez más lejos a Fittipaldi. Venia una
recta larga y casi interminable, a la cual se llegaba a casi 260kmh para
recortar bruscamente en el espacio de 500mts o menos hasta segunda
velocidad para negociar la curva siguiente a no más de 60-70kmh. Rega,
totalmente confiado en sus reflejos y en la integridad del auto, lograba
atrasar la frenada lo máximo para hacer fuerte presión sobre el pedal y
tomar la curva con toda la brusquedad que exigía hacerlo la brutal
adherencia de los wing car. Clay, efectivamente, había sido de los
pilotos de vieja escuela que más fácil y rápidamente había logrado sacar
provecho a los nuevos autos ala que, gracias a Colin Chapman, permitían
a pilotos osados pero inexpertos y poco finos ser tan rápidos como los
veteranos, quienes de la noche al día perdían casi toda su ventaja
adquirida tras años de dominar fenómenos como el subviraje, el
sobreviraje o técnicas hoy en desuso en F1 como el powerslide, el
drifting, el punta tacón y otras. Solo que cuando faltaba realmente poco
para consolidar esa gran hazaña, el bravo Clay pisó el freno al final de
aquella recta con la energía de siempre. El pedal, según Nunn, era de
titanio y además muy pequeño para dar espacio a los pies del piloto,
según las más modernistas escuelas de construcción de monoplazas de
máxima especificación. Sin embargo el anclaje del pedal era tan de metal
como el resto del sistema y la soldadura había comenzado a oxidarse sin
que nadie se hubiera percatado. En otras palabras; el fenómeno de fatiga
del metal se manifestó en forma inesperada en el momento menos oportuno.
Al Clay pisar el freno, el pedal simplemente se partió y fue imposible
detener el Ensign. Encima, como el piloto se había empeñado en frenar lo
más cerca posible del ápice de la curva, el espacio para maniobrar era
inexistente y el tiempo para hacer algo incluso menor. Alarmado, Clay
intentó refrenar el auto con la palanca de cambios y su última maniobra
será enfilar el pequeño frontal del Ensign hacia la escapatoria. Había
allí algunos bloques de concreto inexplicablemente colocados para evitar
el acceso a una larga calle de varios metros de largo donde había varios
autos de servicio pertenecientes a la organización y que ésta usaba para
depositar transitoriamente los autos que abandonaran la carrera en esa
porción de pista con ayuda de una grúa de enorme pluma. Allí estaba el
Brabham de Ricardo Zunino, que había terminado su última carrera en F1
con un nuevo y prematuro retiro en las primeras vueltas. Contra él
golpeó de refilón el Ensign del pobre Regazzoni, quien con esa maniobra
extrema logró reducir hasta 150kmh la velocidad del bólido. Será su
última maniobra en F1 y no podrá hacer más que esperar el brutal e
inevitable golpe perpendicular contra una de las protecciones de
concreto de la pista para rebotar hacia una pared de gomas y acabar
liado en una malla de alambre. El sofisticado monocasco de aluminio del
Ensign se desintegró, impulsado por el macizo Cosworth, que se zafó de
sus soportes y comprimió el tanque de gasolina, el cockpit y el propio
cuerpo de Regazzoni, aprisionado entre el motor y el amasijo en el cual
se convirtió el extremo delantero del Ensign.
Los organizadores del GP se pusieron en alerta roja y de inmediato la
atención sanitaria se hizo presente. Lo que encontraron fue dramático;
el Ensign estaba totalmente destrozado, en su interior estaba
aprisionado el enorme Clay que, pese a todo, gritaba a los socorristas
instrucciones para sacarle de allí. Gracias a las indicaciones del
piloto, éstos comprendieron que lo primero que debían hacer era sofocar
el fuego que comenzaba a consumir la zaga del auto. Luego todos se
concentrarían en sacar al hombrón del auto, pero mientras la TV local
difundía dramáticas imágenes en vivo con una leyenda del generador de
caracteres informando “CAR ON FIRE”, los socorristas no podían hacer
mucho por el pobre corredor, que tuvo que aguardar más de media hora
para ser liberado del amasijo con abrelatas y palancas.
Regazzoni será internado en una clínica en Suiza, a los cuidados del
doctor Zach. Este, diligente y gentil, no podrá hacer mucho por aliviar
la lesión. El piloto había sufrido una opresión muy severa de la
duodécima cervical y aunque no hubo fractura, tampoco había modo de
regresar todo eso a su lugar, un panorama complicado por tratarse de un
hombre grande, alto y pesado, de voluminosa corpulencia y osamenta.
Algún tiempo después la prensa informará que la mala praxis aplicada por
Zach empeoró aun más la condición de Regazzoni quien, empero, comenzó a
atender visitas y llamadas, al tiempo que retomó las riendas de sus
negocios personales, algunos de índole comercial y otros de naturaleza
inmobiliaria.
Comenzará una cruzada sin éxito de Clay, que moralmente alimentado por
sus numerosos amigos del ambiente, no vacilará en buscar nuevas fórmulas
para recuperar la movilidad. Será inútil; la gravedad de la lesión, la
falta de evolución en el fenómeno de compresión cervical y la propia
edad del piloto se confabularon. En lo sucesivo el ex piloto de Ferrari,
el subcampeón del Mundo 1974, el ganador de dos GP de Italia y de
Inglaterra, tendrá que vivir en una silla de ruedas. Lo intentará todo;
láser, hidroterapias, rehabilitaciones, masajes, sistémica y demás
remedios, inclusive en forma de costosas cirugías de sofisticada escuela
y provenientes de países lejanos, pero fue inútil. Hiciera lo que
hiciera, cada vez Clay tenía claro que no volvería a caminar.
En algunas oportunidades Regazzoni admitió la frustración de haber
perdido su movilidad. Pese a la ayuda de sus hijos y entorno, no podía
acostumbrarse a su nueva y definitiva situación. Sin embargo siempre
aparecía una nueva esperanza y ello mantenía al bravo Clay en una
especie de reanimación suspendida. Cada vez que algún médico insinuaba
algún tratamiento o descubrimiento que pudiera ayudar, el suizo
recuperaba la energía y luego la volvía a perder al darse cuenta que de
nuevo todo era inútil.
Sus amigos y entorno, empero, no le abandonaron. Los organizadores del
Grand Prix británico 1980 le realizaron un gran homenaje pues no querían
olvidar, ni que nadie olvidara al hombre que un año antes había ganado
esa carrera con un carro británico. Numerosos miembros del ambiente le
mostraron su lealtad; los productores italianos de películas sobre
carreras le dedicaron un largo segmento en el filme dedicado a resumir
las emociones de 1980 y titulado “Guerreros Del Asfalto”, donde aparece
un cameo tremendamente emotivo en el cual el periodista le preguntaba
qué opinaba de los jóvenes talentos de la Fórmula 1 y que si estaba
listo para dejarles su lugar (obviamente una filmación tomada muy pocas
semanas antes de su accidente fatídico y curiosamente vistiendo su
indumentaria de piloto). El viejo y sagaz Rega dará rienda a toda su
fantasía y carisma; “Bueno –dirá con una sonrisa- Si uno de estos
jóvenes es capaz de superarme a paridad de máquina y mantenerse delante,
no tendré más remedio que felicitarle pues entonces estaremos con un
piloto que verdaderamente irá fuerte”.
El propio Clay siempre agradeció la deferencia de su viejo amigo Enzo
Ferrari. “De vez en cuando me llama y solemos hablar largo y tendido
sobre todo, en especial sobre mujeres”. Don Enzo le prometió a Clay poco
después de su accidente que pronto compartirían de nuevo uno de los
grandes placeres que se permitía Il Commendatore cuando no estaba
pendiente de sus carros; la sobremesa con un tinto Lambrusco. La amistad
entre ambos se extenderá hasta que Ferrari falleció. Ya para entonces
Clay había aceptado su condición de discapacitado y había asumido con la
misma pasión de siempre y con gran profesionalismo y responsabilidad dos
nuevas cruzadas que en lo sucesivo llenarían su vida. Una vida que le
vería atender sus negocios pero cuya principal razón de ser seguiría
siendo el automóvil y la competición sobre cuatro ruedas.
La primera de esas cruzadas inició a los pocos meses del accidente, un
poco como terapia para llenar los largos lapsos de inactividad a los
cuales le conminaba su nueva posición de discapacitado entre una terapia
de rehabilitación y otra; brindar colaboraciones periodísticas y usar
los medios de comunicación, especialmente los impresos, para compartir
con los apasionados de todo el mundo sus conocimientos sobre Fórmula 1 y
automovilismo, dentro y fuera del deporte. Su intención era divulgar
anécdotas pero, sobre todo, dar un punto de parangón en función de lo
que ocurría dentro del deporte. Normalmente sus colaboraciones tocaban
la Fórmula 1 que tan bien conocía y por ello se hizo notablemente
crítico al evaluar a sus protagonistas de forma que ese análisis pudiera
ayudar al gran público a conocer realmente la categoría máxima y las
motivaciones de un piloto. Así, Regazzoni será con los años cada vez más
prolijo al evaluar objetivamente a sus colegas, tanto a los que
convivieron con él en el circo como a los que vinieron detrás y entre
los verdaderamente virtuosos exaltará claramente las facetas de ese
virtuosismo, diciendo por ejemplo de Ayrton Senna que tenía una gran
facultad para ser impresionantemente veloz, pero que debía aprender cada
día más a mantenerse lejos de los accidentes por rodar todo el tiempo al
límite. Y por supuesto, jamás tuvo reparo en reconocer que su mayor
defecto al volante era correr más con el corazón que con el cerebro al
contrario de Lauda, de quien sostuvo hasta su muerte que su gran suerte
fue que él, Clay, le recomendara primero en BRM y luego en Ferrari,
hasta que le cayó en gracia al Commendatore pues será eso, su carisma y
facultad para hacer negocios la verdadera base de su éxito. Una
declaración un tanto rara para los numerosos fan del austriaco que éste
jamás desmintió, valiendo la pena añadir que Regazzoni siempre declaró
sentirse sinceramente admirado por la valentía mostrada por Lauda tras
su dramático accidente. Seguramente la primera vez que dijo algo de eso
no sabía que pocos años después las pistas le deparaban a él un destino
mucho más dramático.
Del mismo modo en que Clay siempre fue objetivo al señalar los
verdaderos méritos de gente como Lauda, también lo fue al evaluar a la
nueva generación de profesionales, mostrándose poco impresionado por las
gestas de gente como Schumacher al volante de autos que gracias a la
tecnología eran cada vez más fáciles de manejar para cualquier hombre,
llamando eso “la antítesis de lo que debe ser la F1” pero, al mismo
tiempo, no dejaba de reconocer los grandes avances en técnica automotriz
y en seguridad logrados por la F1 y también los logrados a nivel de
empresa y organización por Bernie Ecclestone. “Ello –subrayaba- ha hecho
mucho por convertir a la Fórmula 1 cada vez más en una
profesión-negocio, haciendo que día a día sea cada vez menos deporte”.
No sorprende que no se mostrara en lo más mínimo impresionado por las
facultades en pista de gente como Alonso o Schumacher, por mencionar los
campeones más recientes, sin dejar de mencionar que el éxito de ambos se
debía a la excelente relación con sus manager y equipos, así como a no
pocos esfuerzos de tipo profesional y en su formación física y mental
como grandes trabajadores cuya experiencia comenzaron a acumular en la
niñez. Juicios que puedan o no gustar a los fans, pero de total respeto
al provenir de alguien que, como él, hizo vida deportiva y profesional
en las pistas antes de vaciar toda esa experiencia a través de su
difusión en forma totalmente seria y profesional a través de los medios
de comunicación que demandaban su opinión.
La otra faceta a la cual Regazzoni dedicó su vida tras asumir su
condición de discapacitado fue justamente a volver a correr y con ello
demostrar que un discapacitado puede perfectamente hacer lo mismo que un
hombre en condición normal. Comenzando primero con hacer pruebas en
kart, Clay Regazzoni invirtió cualquier cantidad de tiempo y esfuerzo en
desarrollar sistemas que permitieran a un parapléjico como él pilotar un
kart mediante mandos de acelerador, frenos y cambio activados con la
mano. Al demostrar que un hombre no pierde la facultad para correr por
el mero hecho de haber perdido la movilidad en sus piernas, Rega abrió
un nuevo horizonte para gente como él que, gracias a sus esfuerzos,
tiene nuevas esperanzas. Los aportes de Regazzoni en el área del karting
de competición han abierto un abanico de posibilidades para pilotos
discapacitados y hoy hay torneos de karting y autos de baja
especificación que, en USA y Europa, están abiertos solo a pilotos
parapléjicos.
Los desvelos de Regazzoni y su pública adhesión a esta cruzada han
propiciado que diversas instituciones hagan inversiones en diseñar
mejores mecanismos que permitan conducir autos con las manos, sin usar
los pies. Y ello no solo aplica a la competición, sino también a los
autos del día a día. Clay mismo será enfático “Por supuesto que se
puede. Yo, trabajando en esto, he logrado volver a ser una persona
totalmente independiente. Manejo mis negocios yo mismo. Hago mis propias
diligencias. Dirijo mi propia vida.” De esa guisa, el valiente Clay se
desplazaba en su día a día en su carro privado, entre ellos un Ferrari
Testarrosa de 1986 que, según se dice, le fue entregado a un precio y en
unas condiciones preferentes por el propio Enzo Ferrari en razón de la
amistad que les unía y porque ambos eran unos enamorados de los autos de
pura sangre. Más luego Rega hizo modificar también una verdadera joya,
un Ferrari Daytona en especificaciones de competencia, con el cual
disputó alguna edición de la famosa carrera Tour de France abierta a
autos de época. La cruzada por demostrar que ser discapacitado no impide
a un ser humano valerse del automóvil por razones de trabajo u ocio y
que eso no significaba circunscribirse a tontas camionetas o utilitarios
muy modificados al punto de ser incómodos o denigrantes, le lleva a
modificar otros autos y en el ínterin encontrar empresas interesadas en
desarrollar sistemas cada vez mejores y más baratos, lo cual añadirá a
otra nueva faceta, la de tratante de autos de época. Clay llegará a
competir, sentado en su silla de ruedas, en varias ediciones del
legendario Raid Paris-Dakar, por lo general usando camiones de gran
tonelaje y su mensaje siempre fue el mismo “Si yo desde mi silla de
ruedas puedo, cualquiera puede”. En ocasiones se lamentaba diciendo
cosas como “si yo digo que puede hacerse, hay empresas interesadas, pero
si una persona normal y corriente, desconocida, pide hacer algo, nadie
le atiende. Es una vergüenza, pero también me permite usar mi nombre y
popularidad para tratar de cambiar un poco esto”. La cruzada llenará de
nuevo la cara de Clay con su característica sonrisa y le permitirá
dedicar la última fase de su vida a las carreras de autos de época en
cualquier lugar del mundo al cual le invitaran, sabiendo que ello abría
puertas para que otros pilotos-conductores minusválidos pudieran manejar
autos sin problema. Corredores como el danés de color Jason Watts o el
italiano Alessandro Zanardi se unirán con el tiempo a esta cruzada tras
vivir sus propios dramas personales y añadirán sus aportes y
descubrimientos a los de Clay, haciendo que esta labor tan honrosa y
humana tenga cada vez más éxito, apoyo y difusión.
Clay nunca dejó de soñar y vivir entre autos y carreras de autos. Solo
hace pocas semanas decidía, como si fuera un lector normal y corriente,
enviar una carta a la revista AutoSprint para replicar a un lector que
hablaba de la leyenda Niki Lauda, comentándole algo de la vivencia con
el austriaco en los tiempos en que ambos corrían para Ferrari y las
razones por las cuales tuvo una oportunidad en Fórmula 1 y luego otra en
el team italiano. Y pese a sus casi setenta años de edad, seguíase
expresando con la energía latina tan ferviente que siempre le acompañó,
con esa vehemencia que le ganó tantos amigos como detractores entre
quienes quisieron entender o malinterpretar esos gestos efusivos que por
venir de parte de un hombre corpulento y carismático nunca pasaban
desapercibidos, para bien o para mal (que realmente fueron las menos de
las veces). Era fácil molestarse por Clay por tener diferencias con él
durante una discusión entre fanáticos por cualquier fruslería o cosa
trascendente relacionada con carros o carreras, pero aunque ello generó
varios malentendidos con gente como el propio Lauda, Ecclestone u otros,
Rega era de esos hombres que jamás se hace enemigos. Incluso en los más
hirientes de sus juicios el tiempo hace ver a quienes son de veras
objetivos y observadores cuánto de cierto encerraban sus palabras y
señalamientos, lo cual hoy convierte esas colaboraciones periodísticas
que firmó regularmente desde su accidente en verdaderas perlas
históricas de gran valor para quienes disfrutan escudriñando en la gran
cantidad de facetas que desde siempre nutren a la Fórmula 1.
Había, recientemente, regresado a Italia tras desplazarse hasta
Argentina para participar en un rally local de autos históricos al
volante de un coupé IKA Torino que unos aficionados amigos quisieron
compartir con él. El incansable Rega, como buen amante de los autos,
dirá sin remilgos que siempre había ambicionado ponerse al volante de un
buen ejemplar de un auto tan históricamente importante para la industria
automotriz gaucha. Luego dirá haber disfrutado de la experiencia y
abandonará Argentina habiendo añadido varias docenas de nombres a su
larga lista de amigos en el mundo. Se preparaba para disputar una nueva
edición del rally Lisboa-Dakar, quizá en otro camión, con algunos amigos
tan apasionadamente chiflados por el desierto como él, pero mientras
tanto llegó otra invitación para participar en un nuevo meeting de autos
de colección. Volvía a casa, al volante de su Dodge Grand Voyager,
cuando le atrapó una nevada a muy pocos kilómetros de la salida de la
autopista hacia Parma, que era su destino. En esas condiciones la
visibilidad siempre es muy precaria y el pobre Clay fue víctima de algo
tristemente muy recurrente en las autopistas europeas en invierno; los
choques en cadena. Detenido en medio del tráfico, rodeado por una falta
casi total de visibilidad muy típica de las nevadas tan cercanas al
anochecer (eran poco más que las cuatro de la tarde) el minivan del
bravo Clay fue golpeado brutalmente en la zaga por un vehículo que venía
relativamente rápido y no pudo distinguirlo en medio de la niebla, la
ventisca y la nieve. El minivan golpeará inevitablemente un enorme
camión de carga situado delante y quedará aprisionado entre el camión
remolcador y el auto que le seguía, si bien esta vez, a diferencia de lo
ocurrido en Long Beach en 1980, Clay no sobrevivirá para siquiera
instruir a los socorristas cómo rescatarle. Acabará así la historia de
un hombre que con sus gestas dentro del mundo de los Grand Prix, en las
pistas, al volante o fuera de él demostró su pasión infinita hacia los
autos y mereció ser reconocido por todos como un gran Campeón de
siempre, entre los mejores que jamás hayan tripulado un Ferrari, héroe
de mayoría sin respaldo de patrocinadores y sin recibir más apoyo
mediático que el que le mereció su talento y personalidad, pese a que
solo ganó 5 GP y ningún cetro. Sus hazañas en pista y gestas fuera de
ella para mejorar el deporte a motor y la Fórmula 1 han sido reconocidas
y valoradas del mismo modo en que serán recordadas mientras exista circo
y mientras existan autos.
Ojala algún día podamos llamar Campeón con “c” mayúscula a alguno de los
actuales o futuros ases de la F1 no por su palmarés o por el respaldo
mediático que paga su patrocinador, sino por sus aportes propios al
volante sin la ayuda de tanta tecnología que hoy hace tanto por
convertir en un superdotado al ser humano que tenga suficiente dinero
para mostrarse al mundo como poseedor de un talento que en realidad no
tiene y añora esa ventaja tecnológica para ganar más carreras y dinero a
costa de lo que sea. Sin el espíritu deportivo que nunca debe olvidar el
automovilismo ya que de otra forma sería el triunfo definitivo de la
técnica sobre esa máquina perfecta creada por Dios y llamada “hombre”,
por sus gestas deportivas y sus aportes como profesional y ser humano.
¿Cómo no extrañar al bravo Clay?
Julián Afonso Luis
julian.afonso@pasionf1.com
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