¿KIMI O ALONSO? ESA ES LA CUESTIÓN.
Julián Afonso Luis

A rey muerto, rey puesto. Un viejo adagio que calza a la perfección en el momento actual de la F1. Ayer Michael Schumacher brillaba desde la cúspide de sus ochenta y tantos triunfos y siete cetros, pero hoy ya carece del entorno que le permitió expresarse tan magnánimamente y el gran público, siempre ávido de identificarse con el ganador y con lo último de la moda, pareciera haberle hecho una lápida con sus pergaminos. Hoy Schumacher no gana y, por ello, no es popular entre el gran público del circo que siempre gusta de identificarse con el ganador. Ahora bien ¿quién es el actual ganador del circo? ¿Kimi Raikkonen o Fernando Alonso?

Partamos argumentando que este pretende ser un análisis objetivo. La F1 despierta en el apasionado un interés que va más allá de establecer preferencias entre uno u otro piloto, equipo, ingeniero, circuito o similar. Cada uno es diferente y ello ocurre por determinadas razones. Es un poco la aplicación de la psicología, entendiendo gracias a esta de donde viene cada quien, porqué hace lo que hace y hacia donde va.

Un cetro, en teoría, debe diferenciar al mejor piloto del que no lo es. Sin embargo, este es el Campeonato Mundial de Conductores (drivers) y no de pilotos (pilots o racing drivers) así que ello involucra bastante más factores que la simple habilidad al volante. Se trata de premiar al hombre que demuestre saber conducir mejor su auto y conducirse mejor fuera de la pista, extendiendo ello a la perfecta comprensión de lo que ocurre en su auto, de lo que hay que hacer para mejorarlo y de cómo relacionarse con un equipo haciendo que este crezca profesionalmente o, en caso de que se trate de un equipo grande, aprendiendo lo necesario para estar a la altura, incluyendo esto el ambiente, el trato con la prensa, los patrocinantes y todo lo que va en derredor.

En realidad –y partiendo ya de un punto de vista absolutamente personal- el mejor entre Kimi Raikkonen y Fernando Alonso es… Ayrton Senna. O quizá Damon Hill. Posiblemente Mika Hakkinen. Incluso hasta Alain Prost o Nigel Mansell. Con ello –y regresando ya al punto objetivo- queremos dejar patente que ninguno de los actuales aspirantes al cetro posee esas características infrahumanas y excepcionales que hacen de un Campeón, un verdadero inmortal entre los mortales, como no sea haber llegado más jóvenes que casi nadie a la altura máxima del automovilismo.

Ambos, Kimi y Fernando, son exactamente lo que se les paga para ser; profesionales que se desempeñan en empresas altamente tecnificadas. En otras palabras, han sido contratados para estar a la altura del entorno que los rodeará. Ganar carreras con un McLaren o con un Renault, es exactamente lo mismo que ganarlas el año pasado con un Ferrari o en cualquier temporada con el material más competitivo; simplemente un evento natural que cualquier profesional del volante, que tenga calidad, debe hacer con facilidad. Por ello se les paga y bien. Lo mismo esperaríamos de un taxista a quien le damos un auto correcto para trabajar y de una mecanógrafa, que recibe su máquina de escribir.

La manera de ganar de ambos, o lo que aplicaría en nuestro mundo de todos los días, la manera que cada quien tiene de hacer su trabajo es diferente, pero el resultado es el mismo. Son buenos profesionales porque ganan, o ganan porque son buenos profesionales. Sin duda, el gran parangón es Michael Schumacher, el más profesional conductor de autos en la historia del mundo… ahora bien, nótese bien que en ningún momento decimos “el mejor”. Para ello debe existir un componente de logros extraordinarios en forma de gestas heroicas, más no de logros profesionales; Schumacher, ciertamente, merece gran parte del crédito en lo que se refiere a Ferrari (fue contratado para ello) y su hoja de vida muestra elementos como estabilidad en el puesto de trabajo, sentido de trabajo en equipo, constancia, disciplina y muchos de esos valores que, en nuestro mundo real, hacen que un mensajero pase treinta años en una empresa y se jubile como Vicepresidente tras haber enriquecido su experiencia con mayores aprendizajes académicos. No hay, en el currículum de Schumi, victorias inspiradas como la de Rubens Barrichello en Alemania 2000. No hay en el currículum de Schumi manifestaciones divinas. Solo muestras, muchas muestras, de una gran disciplina profesional y una extraordinaria constancia, sin olvidar una inmensa motivación.

Michael Schumacher, siguiendo con el patrón de comparación, siempre ha necesitado del mejor material (no necesariamente del auto, pues un equipo bueno puede hacer ganar un auto no tan bueno) para ganar. Tanto como lo necesitó Ayrton, como lo necesitaron Fangio, Prost, Mansell, Piquet y cualquiera de los astros del circo. Y profesionalmente es un mérito tremendo haber sabido rodearse de la gente que sabe puede darle ese material perfecto. Un criterio que responde a sus únicos deseos… si el auto perfecto para él es el que derrape de zaga, aunque el resto de los pilotos del circo lo prefieran de otro modo, tiene la habilidad para exigir que sea así y decir cómo puede construirse. Ahora bien, ello no es extraordinario… desde ese punto de vista, un cajero de banco que sepa organizar su espacio y determinar cuál computadora y cuál contador de billetes le va mejor a su forma de trabajar, dónde puede comprarlos y quién proporcionará el dinero para ello debería ser un mito fuera de serie. Lo extraordinario en ese caso es que, con ese material, haga cosas que un profesional no podría hacer. En otras palabras; si el auto es capaz de ganar todas las carreras en base a su superioridad técnica, el piloto que lo haga no es excepcional, solo cumple su trabajo. Extraordinario hubiera sido que, por ejemplo, Michael hubiera ganado en China o Brasil el año pasado o en Turquía este año, siendo escenarios que le obligaban a adaptarse a un método de trabajo diferente, más instintivo, menos planificado. Extraordinario sería que un oficinista pudiera sacar de un procesador 486 más provecho que otro que use un Pentium IV.

Kimi, por ejemplo, peleó el año pasado en Brasil contra Juan Montoya. Un piloto excepcional, el colombiano. Dicen que ese día pesaba más de ochenta kilos y aunque el motor BMW empujaba muchísimo, ya los Honda, los Ferrari y quizá los Mercedes, eran más potentes. También llovía y el team BMW Williams venía en picada libre, tras un año de confusa orientación técnica para sacarle partido a un chasis nacido bien, pero evolucionado mal. Se batió con Raikkonen, que tenía teóricamente mejor material. Y supo comprender que el momento para pasarlo fue aquel que les reunió en la salida del pit lane. Un genio del pilotaje, tanto como Kimi, que le acabó a la zaga tras manejar soberbiamente y disfrutar la soberbia atención del box, que le llamó a repostar en el mejor momento, considerando el devenir de la carrera pero también su consumo de gasolina y gomas. Eso es lo que hace a los grandes pilotos ¡la capacidad de hacer cosas extraordinarias en base al instinto y al talento innato!

Michael Schumacher, por ejemplo, debutó en Spá en 1991 con un Jordan. Un auto que ese mismo fin de semana rozó la victoria con Andrea De Césaris (perseguía al renqueante McLaren de Senna y tenía grandes posibilidades de pasarlo, pero el motor se rompió en el antepenúltimo giro terminando con las esperanzas de recoger al menos un segundo lugar) y en un team pequeño que, empero, funcionaba muy bien. Michael venía de Mercedes, que le pulió como piloto profesional durante su estadía en el Junior Team de Sport Prototipos con estrellas como Jochen Mass. Era joven, conocía el ambiente de las carreras profesionales, tenía ambiciones y recibió un material en el cual podía expresarse. Mantuvo la cabeza clara y le fue bien. Él mismo jamás ha tenido reparos en reconocer que el secreto de su éxito ha sido haber tenido la suerte de estar en el lugar adecuado, con las personas adecuadas y en el momento adecuado. Lo ha sabido aprovechar y eso es un mérito, pero no se compara con lo que hizo Nigel Mansell en Silverstone 1987, cuando le recortó 30” de desventaja a un Nelson Piquet que, por hacer, marcó la vuelta más rápida a falta de dos giros para el final en el intento de contener al vendaval Mansell. Ambos autos se estaban quedando sin gasolina y, según el digital de a bordo, Nigel ni siquiera debió haber podido dar esa última vuelta. Piquet lo sabía y Nigel también, pero el inglés se arriesgó y le salió bien. ¡Eso es extraordinario!

Fernando Alonso, por ejemplo, se ha dedicado este año a asumir una conducta “de campeonato” al verificar su patrón que McLaren Mercedes no parecía comenzar la temporada totalmente centrado y que Ferrari definitivamente tenía problemas más graves de lo que pensaba. Terminar carreras, imponer un ritmo alto y constante, pero sin exagerar, no meterse en problemas e intentar hacer las cosas bien, lo que en el béisbol se llama “las pequeñas cosas”. Una conducta que, por ejemplo, asumió el gran Alain Prost. Excepto que ello lo hacía para batir la endemoniada velocidad del virtuoso Ayrton Senna, no necesariamente para buscar la corona pues esta finalmente sería una consecuencia de haber logrado lo primero. El temible pilotaje del brasileño obligó al francés a mejorarse profesionalmente, aunque ya para cuando Ayrton entró a McLaren, el galo era el mejor del circo. Los métodos de trabajo del galo y su meticulosidad en la puesta a punto, más su talento para rodar lo máximo posible en pista con el mínimo deterioro de su material, obligaron a Ayrton a mejorar profesionalmente también. La verdad, no pareciera mucho que la presión de Alonso haya causado algún cambio de conducta en Kimi fuera de las pistas. Y quizá tampoco a la inversa.

Fue entonces cuando comenzaron a trascender los manejos de Senna y Prost con proveedores de motores, tecnología, neumáticos o electrónica. Fue Senna, por ejemplo, quien orientó a su manager para buscar la firma de McLaren e hizo no poco por contribuir a armar ese megatómico equipo que Ron Dennis formó con él, Prost, Marlboro, Honda y el genial Gordon Murray. Perder a Senna casi hace que Dennis pierda el tren en el circo, perder a Senna puso de rodillas a la F1. ¡Eso es extraordinario!

¿Y Prost? La sola ausencia del francés en las pistas es reconocida como un elemento de peso que atribuló la ya mortificada psiquis del brasileño durante sus últimas semanas de vida. Se insultaron y sacaron los ojos dentro y fuera de la pista, pero en el último fin de semana de Ayrton, el de Imola, ¿saben que ocurrió? Pues que Alain estaba en el box Williams cumpliendo como RRPP el año de contrato que tenía pendiente con Renault y que no quiso honrar al no poder evitar la presencia de Senna en el team. El acuerdo fue que el francés cumpliría su contrato con la empresa, aunque no fuera pilotando sino fungiendo como imagen pública y asesorando al staff técnico. Al culminar la sesión de ensayos oficiales del sábado, cuando Senna logró su 65ª y última Pole, tomó el interfono y musitó “un gran saludo para Alain. Te echo de menos”. Senna jamás habría sido tan grande sin un Prost detrás. Y viceversa.

La conducta de Fernando Alonso es similar a la que asumía Prost con Ayrton en ocasiones. Le presionaba de cerca, sin intentar pasarlo porque sabía que era imposible y tampoco le era fácil igualar su velocidad. Ayrton, así, acumulaba Pole una tras otra. Algo que no inquietaba a Prost, muy seguro de sí y de su manera de trabajar. Simplemente le importaban más los resultados de carrera y los puntos, que las Pole. Eso sí (y he aquí una gran diferencia con Fernando Alonso) cuando Alain decía que quería una Pole, la lograba… vean la historia entre él y Ayrton en el GP de Francia. Senna ganó en Mónaco, de habla gala, pero Alain se ocupó de minar su moral haciéndole imposible ganar en su casa, en Brasil, a costa de ganarlas él todas. Aun así, Ayrton venció tres veces en casa, pero eso ni se acerca a las seis oportunidades en las cuales Alain triunfó (de acuerdo, una fue antes que Ayrton corriera en F1). ¿Y cuántas veces ganaron ambos en Francia? Fernando Alonso, para ser sinceros, no ha mostrado tal capacidad de control sobre las situaciones y Kimi, bajo ese punto de vista, apenas es un poco mejor. En comparación, si Senna competía para demostrar que Prost no podía ganarle, y viceversa, hoy Kimi y Alonso se enfrentan a ver cuál de los dos gana.

Hablamos de soportar la presión. Un juego en el cual Senna, Prost, Piquet y Mansell eran verdaderos colosos… poniéndose y quitándose presión, ambos ganaron, perdieron y decidieron numerosas victorias y cetros. Alonso, hasta ahora, tiene una bella perla; contener este año a Michael Schumacher en Imola si bien siempre dio la impresión de que el alemán quería jugar con él y solo le pasaría a costa de una maniobra superlativa o buscando el error del español para así minar su moral (aquello de que no importa ganar, sino cómo se gana). Schumi pudo haberlo pasado, al menos intentarlo, pero si lo lograba en forma muy apretada o fallaba en el intento, perdería con su rival esa guerra psicológica que siempre se entabla entre los pilotos. Recordemos que la profesión del piloto es una de las más yoistas y egocéntricas del mundo, pues todos ellos requieren confiar en sus facultades hasta el infinito y más allá. Kimi, simplemente, tiene la habilidad de poner tierra de por medio para evitar ser presionado y eso no es una consecuencia de ser buen profesional ni de haber aprendido el ABC.

La capacidad de riesgo es infinitamente mayor en el finlandés. Basta analizar su carrera en Nurburgring. Ciertamente el team le dijo que siguiera, que todo aguantaría hasta la última vuelta (no se equivocaron, pero evidentemente el cálculo no preveía que esa última vuelta había que darla también), pero quien pilotaba, quien sentía las vibraciones y quien no podía ver era el piloto. Ir a ciegas a 300kmh no es nada agradable pues si bien es cierto que, a través de la mirilla de su casco, es poco lo que ven los pilotos, lo de las vibraciones es un problema más serio y justamente el gran punto del progreso técnico en F1 ha sido controlar las vibraciones en todo sentido, permitiendo así ganar fiabilidad. Alonso pudo haberle presionado, pero en realidad había también cometido un error dañando sus cauchos y prefería ir renqueando. Reconocerlo en público hubiera sido magistral y hasta habría podido incidir sobre la moral del equipo rival, pero prefirió decir que su presión “había mandado al carajo” la suspensión de Kimi. Hubo una época en la cual nadie siguió creyendo las historias de Cassius Clay y hoy vemos que le ha ocurrido a Mike Tyson con sus bravatas. Ser humilde usualmente hace al hombre más fuerte. Se dice que cuando Alonso habla, Briatore tiembla y el italiano trata de mantenerle lo más aislado posible de la prensa pues si hay una presión que pareciera resentir el español es la mediática. Alonso es el prototipo actual de lo que fue Michael Schumacher; un joven, con habilidad y gran disposición al trabajo, que llegó al circo con muchos años de experiencia profesional. Nandito pilotea karts desde los cuatro años y es profesional desde hace más de diez, recibiendo el soporte de una afición local y de todo un ambiente deportivo, que culminó con él un aprendizaje que ocasionó que muchos campeones españoles potenciales se quedaran por el camino por no saberlos construir con los medios locales (autódromos, federaciones, patrocinios, estructuras de promoción). Extraordinario hubiera sido que, como Montoya hace años o como ha venido logrando Ernesto Viso, se imponga en ambientes absolutamente hostiles con cero respaldo federativo de su país e incluso sin, como le ocurre al venezolano, haber ganado un título en pistas locales. Kimi, en cambio, era todo un diamante en bruto que se montó en un F1 con apenas 23 carreras como profesional, sin haber nunca manejado nada más potente que un Fórmula Renault. Eso sí es extraordinario y, por cierto, tiene poco que ver con la influencia de paisanos como Mika Hakkinen o Keke Rosberg, quienes le conocieron justo después que Peter Sauber le vio ganar carreras en Inglaterra con un Fórmula Renault. ¡Eso sí es extraordinario! Gente como Sauber o Briatore, capaces de ver a una persona e identificar de inmediato sus fortalezas y cómo sacarles provecho. ¡Ojalá alguno se hubiera fijado en Viso, en Pastor, en Rodolfo!

El español podría llegar a alcanzar las cotas de perfección profesional de un Michael Schumacher si deja de creer cuando Flavio Briatore le dice que es el mejor del mundo y se ocupa de aprender los elementos imprescindibles en cualquier profesional que pretenda hacer historia en una categoría donde no gana el mejor piloto, sino el conductor que marca más puntos. Tiene la autoconfianza suficiente, la habilidad y puede ganar valiosa experiencia a poco que mantenga el dominio sobre sí mismo. Revolotea sobre él el olor de las ramblas y experiencias como la que casi acaba con el futuro de Jenson Button en F1.

Kimi Rakkonen es un virtuoso, un verdadero genio, que posiblemente comete el error de confiar demasiado en ello (aunque su equipo también lo hace) y que podría orientar su vida a la única misión que el Creador pareciera haberle confiado; competir. No es razonable, incluso aunque hablemos de un ídolo mediático que cobra una inmensa cantidad de dinero por someterse al escarnio público, juzgar sus tendencias etílicas o no. Kimi está teniendo problemas para adoptar ese perfil “adecuado” que todo team de F1 exige por aquello de la imagen corporativa. Mika Hakkinen, un maestro en esas lides, fue lapidario al opinar cuando se le preguntó sobre las largas noches de Kimi “esas cosas se hacen en casa”. Él mismo solía recordar sus fiestas en típicos pub fineses y su paisano Keke hacía enormes fiestas en su casa de Ibiza en la época en la cual era vecino de Niki Lauda, pero allí no había nadie y no había ni teléfono.

En estos momentos, ambos son las estrellas del circo, pero si abandonaran el comportamiento de estrellas y asumen su verdadero rol que no es el de genios prodigios, sino el de profesionales en un entorno súper profesional, seguramente tendrán más de una ocasión para batirse mutuamente aprendiendo a mejorar con ello. Sin embargo, ser dioses de un entorno mundano es un canto de sirena irresistible. ¿Podrán resistirse a su dañino efecto retroactivo?

Es difícil, en una F1 tan empresarial y diversificada, que un piloto-conductor pueda mantener su personalidad y ser individualista sin atender la necesidad de cuidar la imagen e intereses de su equipo, Pero también era difícil en tiempos de Ayrton, de Prost, de Nigel e incluso de Fangio, cuando muchos competían por demostrar hombría o por cuestión de status. Eso distingue a los mortales de quienes no lo son. En ese sentido, destaca la mesura de Michael Schumacher, quien ha dedicado su vida activa como deportista única y exclusivamente a pilotar autos. Se permitió algún pequeño exceso en sus inicios en F1, como una rimbombante boda o la adquisición de cuanto deportivo exótico le gustara, pero luego, como Ayrton Senna, aprendió que el mejor modo de invertir sus ganancias era generando con ellas nuevas oportunidades de negocio como merchandising, promoción y similares.

Así, en definitiva, Kimi y Fernando son los mejores del momento. Pero están a años luz de los verdaderos ases, incluyendo Mika Hakkinen y Damon Hill, por mencionar los más recientes. Y también están a años luz de igualar el inconmovible profesionalismo de un Michael Schumacher, que hará historia por haber sabido convertirse en leyenda careciendo del genial pilotaje de un Senna, un Prost e incluso un Hill.

Son excelentes profesionales, pero aun no extraordinarios. Carreras como la de Kimi en Monza, remando en contra de la adversidad, son notables, pero también pasa un poco por sus manos la responsabilidad de verse obligado a ello para salvar el día luego de algún desliz suyo (recordemos que nosotros solo vemos los GP, no lo que ocurre antes, durante el fin de semana e incluso, en los test privados y ello influye). Carreras como las de Alonso, ganando lo que Kimi y McLaren perdieron tienen el mérito de haber sabido esperar, pero habrá que tomar en cuenta que Fisichella, sin material a la altura, puede sacarle de quicio como en Canadá que, analizada en frío, pone una duda muy seria en lo que puede ser la verdadera habilidad de Alonso cuando el factor humano debe hacer la diferencia, como este año en Hungría… como ocurrió el año pasado cuando casi explota Renault luego que en Francia Alonso perdiera con Schumi una carrera en la cual él y Briatore se habían anunciado ante la Regié como ganadores consumados. Prost nunca se mostró particularmente preocupado por ver a Senna acaparar Pole, pero cuando decía “esa Pole la quiero yo”, la conseguía. No pareciera que Alonso salga a las carreras diciendo “yo termino delante de Kimi” sin preocuparse de su alucinante velocidad, sino más bien su actitud es la de franco asombro al verificar que, carrera tras carrera, ello ocurre sin saber del todo cómo se mueven las cosas a su alrededor. A diferencia de Michael en sus inicios, Alonso no parecería tener el control total de la situación, pero tal cosa no preocupa a su manager, Flavio, que sí lo tiene.

Siempre todo campeón, con o sin cetro (miren a Gilles Villeneuve, cuyo nombre brilla más que el de muchos Campeones) tiene un elemento genial al volante y otro fundamental, que es el carisma, la capacidad de generar emociones. En ese sentido Kimi gratifica mejor el dinero que se paga por la entrada. Comete errores, pecando a veces de implacable con la mecánica, pero sus derrotas son más aplaudidas que los triunfos de su rival a consecuencia de ellas.

¿Basta ello para considerarle mejor o peor que Alonso? No. Solo distinto; uno busca el cetro a base de ganar carreras, otro lo busca a base de marcar puntos. No es aun el duelo entre pasión y razón, pero sí un nuevo ejemplo en el circo en el cual dos antagonistas al cetro aplican tácticas diferentes para vencer al rival.

Julián Afonso Luis

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