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Habiéndose cumplido 4 de los 17 Grandes Premios que conforman el actual Calendario Oficial del Campeonato Mundial de la Fórmula 1, aprobado por la Federación Internacional del Automóvil (FIA), hay hechos que considero muy importantes de tomar en cuenta como motivo de reflexión, ya que todo comienzo de temporada es un caldo de cultivo de rumores, grandes expectativas, multitud de predicciones, oleadas de incertidumbres, así como de buenos y malos deseos, porque de todo y para todos hay en la máxima categoría del automovilismo mundial.
Pero esta campaña del 2007 ciertamente está signada como el comienzo de una nueva etapa para la Fórmula 1, la llamada era post Michael Schumacher. Por primera vez en más de una década, no se sentirá la intimidante presencia que ejercía el as alemán, tanto dentro de la pista como fuera de ella. Para su gran cantidad de incondicionales seguidores, su ausencia deja un gran vacío en el ambiente, imposible de llenar. Para sus también numerosos detractores, el comienzo de este nuevo ciclo significa una especie de renacimiento de la Fórmula 1. Lo cierto del caso es que, con “Schumi” o sin él, el show debe continuar. Como en efecto lo ha hecho sin que por ello sea mejor o peor, simplemente distinto.
Ya todo el mundo se ha apresurado a buscarle un “sucesor” al recién retirado siete veces Campeón del Mundo. Tal como acostumbra el protocolo de las más rancias monarquías europeas, ya se ha pronunciado el tradicional formalismo con que suele recibirse al soberano entrante: ¡Ha muerto el Rey, que viva el nuevo Rey! Pero la pregunta lógica vendría a ser: ¿Quién es el nuevo rey de la Fórmula 1?
La respuesta igualmente lógica debiera ser Fernando Alonso, por más que sobradas razones: Es el actual Campeón Mundial, el defensor de la corona y quien perseguirá en esta campaña igualar los tres títulos conseguidos por nombres de tanto abolengo en el automovilismo como Sir Jack Brabham, Sir Jackie Stewart, Niki Lauda, Nelson Piquet y Ayrton Senna. El asturiano es un gran piloto que supo mantener la cabeza fría en los momentos más escabrosos de la temporada pasada, pese a la más que manifiesta inclinación de la F.I.A. de favorecer un nuevo campeonato mundial para un Michael Schumacher que planeaba retirarse por la puerta grande y con ocho estrellitas en su gorra, alusivas al número de títulos alcanzados. Alonso es el único de la actual plantilla de pilotos que ha logrado ser Campeón, y por partida doble, mientras aun estaba en activo el “Barón Rojo”, lo que da mayor brillo a sus logros, algo de lo que no podrá vanagloriarse ningún otro colega suyo en el futuro.
Evidentemente que el primer título mundial conquistado por el ovetense fue mucho menos difícil que el último, debido a la gran superioridad del Renault en el 2005, sumada al pobre rendimiento del Ferrari de ese año y a los recurrentes problemas de confiabilidad del McLaren-Mercedes de Kimi Räikkönen. En el 2006, el binomio "Ferracher" fue mucho más fuerte que la temporada anterior, llegando incluso a ser el equipo a vencer en la segunda mitad de la campaña, razón por la cual cobra mayor relevancia lo conseguido por "Nando".
Si hacemos una comparación razonable, y sin querer desmerecer las indudables habilidades al volante de Mika Häkkinen, los dos campeonatos consecutivos alcanzados por este en las temporadas 98 y 99, fueron conseguidos contando con una máquina que, a todas luces, estaba en un nivel muy superior al del Ferrari con el que denodadamente luchaba para ese entonces Michael Schumacher. Esto equipara los títulos del finlandés con el primer Campeonato Mundial del español, si tomamos como referencia el material de que ambos dispusieron para alcanzar sus respectivos objetivos. Pero, como ya señaláramos anteriormente, el segundo campeonato de Alonso fue ganado a pulso, con un auto que, después de la prohibición del uso del mass damper (amortiguador de masas), decaería notablemente con respecto a cómo lució el Renault al inicio de la temporada; mientras que, por el contrario, el bólido escarlata del alemán mejoraba de manera ostensible, en medio de un “ambiente más complaciente” propiciado por la mismísima FIA. Por ello podemos afirmar categóricamente que nadie, con excepción de Fernando Alonso en el 2006, pudo derrotar con un auto de similar o inferior desempeño al plusmarquista germano.
En los actuales momentos, el volante hispano comanda la tabla de victorias conseguidas entre los pilotos activos, con 16 visitas al peldaño superior del podio en 96 Grandes Premios disputados, siendo el que más se le acerca en ese renglón, el escocés David Coulthard, quien cuenta con 13 triunfos en 216 presentaciones y habiendo competido con equipos ganadores como Williams y McLaren-Mercedes cuando ambas divisas estaban en la cúspide de sus posibilidades de cosechar tanto victorias como campeonatos. Igualmente, Alonso encabeza la estadística de pole positions entre los actuales pilotos, con 15 carreras en la punta del pelotón, por apenas 13 de Rubens Barrichello en 239 salidas tomadas, habiendo pilotado “Rubinho” en los años de la apoteosis de Ferrari.
A todo lo anterior, habría que sumarle a Alonso el haber batido, con su victoria en el Gran Premio de Hungría de 2003, el record de ser el ganador de menor edad en una carrera de Fórmula 1, consiguiéndolo con apenas 22 años y 26 días, marca hasta entonces vigente, desde hacía 43 años, en poder del trágicamente desaparecido neozelandés Bruce McLaren, quien lo hizo con 22 años y 104 días, además de brindarle a la escudería Renault su primer triunfo desde 1983. Asimismo, su primer título mundial alcanzado en la campaña 2005 le consagraría como el Campeón Mundial más joven de la historia, contando con 24 años y 58 días, echando por tierra otro record de muy vieja data, 33 años, que hasta entonces estuvo en poder del brasilero Emerson Fittipaldi, quien lo consiguió a los 25 años y 9 meses de edad. Esto por solo mencionar algunos de los nuevos registros más destacados impuestos por “Nando”, entre muchos otros que, lógicamente, lo debieran consagrar como el nuevo Rey de la Fórmula 1, el sucesor indiscutido del heptacampeón Michael Schumacher, con el valor agregado de que no tuvo que esperar al retiro de este para tomar el relevo generacional, el cual muchos pensamos que tomarían otros aspirantes que incluso lucían mucho más recios que él, como es el caso del colombiano Juan Pablo Montoya quien, a pesar de su enorme talento, resultó ser una verdadera estrella fugaz dentro de la categoría, gracias a su carácter hostil y a la mala leche que siempre le caracterizó, así como también el del finlandés Kimi Räikkönen, espectacular y muy rápido, pero de quien aun seguimos esperando una mayor consistencia en sus actuaciones, sobretodo ahora que milita en las filas de Ferrari.
Sin embargo, y pese a todo lo señalado anteriormente, aun son muchos los que no consideran a Fernando un gran Campeón. Y es que, aparentemente, solo en su patria de origen se le tiene como tal. Obviamente a Alonso se deben los sendos llenazos hasta la bandera que ha registrado en sus dos últimas ediciones el Gran Premio de España, en el que ha sido menester colgar el cartelito de billetes agotados a la entrada del Circuito de Cataluña desde casi un mes antes a la fecha de realización de la carrera.
La “Alonsomanía” que se está viviendo en toda la península ibérica es tal, que a la pasada cita española asistieron 140.700 espectadores, cifra record de asistencia para cualquier competencia de motor en ese país, superando incluso al motociclismo, deporte con mucha más tradición entre los aficionados hispanos, ya que cuentan con varios campeones locales de las dos ruedas en su historial. Me atrevo incluso a señalar que también debe ser una nueva marca de afluencia no solo en lo deportivo, sino que se extiende a los demás espectáculos de cualquier tipo que se celebran en la madre patria, porque ni el aforo de las colosales instalaciones del Santiago Bernabéu del Real Madrid o del Nou Camp del Barça F.C., ni el Estadio Olímpico Lluís Companys de Montjuïc en Barcelona, así como tampoco la Plaza de Toros Monumental de Las Ventas de la capital española, por citar los recintos más emblemáticos y de mayores dimensiones de ese país, pueden acomodar a tanto público junto en sus tribunas o plateas. Con respecto a la cobertura televisiva de la última carrera por parte del canal Telecinco, las cifras alcanzaron un registro astronómico de cinco millones y medio de telespectadores, lo cual representa un share del 47,1% de la audiencia, o sea, casi la mitad de los televisores encendidos estaban siguiendo la actuación del chaval más mimado de la España toda.
La guinda del pastel vendría con el reciente anuncio por parte del patrón de la Formula One Administration (F.O.A.), Bernie Ecclestone, quien confirmó la celebración de una segunda carrera en territorio español, la cual se llevará a cabo a partir de la próxima temporada y hasta el 2015, bajo el nombre de Gran Premio de Europa, denominación esta que maquilla una nueva contravención del reglamento, que establece la realización de una sola carrera por país. A tales efectos, el arquitecto germano Herman Tilke diseñará un nuevo circuito citadino, utilizando la zona reformada del puerto de Valencia. Habría que puntualizar que este cambio de escenario para la cita europea, distinción que ahora le otorga a la Ciudad de Las Fallas y cuya organización correspondía hasta hace apenas un año al Circuito de Nürburgring en Alemania, obedece única y exclusivamente a elementales razones comerciales que buscan abultar aun más los ávidos bolsillos de Mister Ecclestone. El gran filón que representa el “boom” reinante en torno a la figura de Alonso, resultaba demasiado tentador como para que el dueño del circo fuera a desaprovecharlo. Por lo tanto, al acceder magnánimamente a que el gallo del patio tome parte en dos carreras frente a sus paisanos, tal como hiciera en su momento con el propio Schumacher, le asegura a Bernie el poder llevarse su buena tajada del pastel. Apegado siempre a sus estrictos criterios a la hora de hacer negocios, me imagino que pensaría algo así como: ¡Que se jodan los alemanes y que vivan los españoles!
Ahora bien, ¿a qué se debe esta situación que busca poner en entredicho las hazañas del asturiano, rebajándole como piloto e incluso como persona? La verdad son varias las razones. La primera, es que a nadie se le exige tanto como a quien detenta el título de Campeón Mundial, ya sea de la Fórmula 1 o del deporte que sea. Pero este asunto toma matices más dramáticos cuando al que se derrota es, nada más ni nada menos, que al piloto más exitoso de la historia. La gente siempre espera del ídolo de turno que realice gestas épicas en todas y cada una de sus actuaciones, independientemente de las múltiples variables que puedan sobrevenir en cada carrera, tales como el reglaje del auto en tal o cual trazado, las condiciones climáticas imperantes durante el fin de semana de un Gran Premio, el desempeño irregular de los cauchos entre una escudería y otra, el rendimiento del motor, el trabajo de su equipo en las paradas en los pits, e incluso del estado anímico o de salud del propio piloto. Asimismo, de un campeón se espera que, además de dar más del 200% en cada competencia; que sea correctísimo al hablar frente a los micrófonos; que sea un embajador deportivo de su país, región, ciudad e, incluso, barrio, calle o edificio; un carismático modelo que despierte la envidia de los rivales comerciales de sus patrocinadores; también debe ser amable en el trato con los fanáticos por más latosos que sean, debiendo complacerles en todas y cada una de sus exigencias (una foto aquí, un autógrafo allá, un apretón de manos o un beso acullá), al igual que con los más insufribles paparazzi que suelen acosarle hasta en el baño. Pero las exigencias suelen ser aun mucho mayores cuando le toca enfrentar a un verdadero Goliat del deporte, como es el caso que nos ocupa.
En fin, todo Campeón debe ser un dechado de arrojo al volante, un relacionista público de primera, un ejemplo de juventudes, un ciudadano probo y pare usted de contar cuantas cosas más también debe ser a fin de satisfacer a la escrutadora lupa de la opinión pública y evitar caer en desgracia frente a sus seguidores. El día en que a Alonso, comentando sus impresiones sobre la carrera, durante la rueda de prensa del Gran Premio de Europa de 2005, espontáneamente se le escapó la siguiente frase “…Kimi ha tenido mala suerte pero yo también he tenido culpa, porque lo acosé hasta el final, cuando todo se fue al carajo…”, a muchos puristas defensores del idioma castellano, incapaces de decir imprecaciones de ningún tipo, aquella palabrota tan subida de tono les cayó como un bomba. Se rasgaron las vestiduras y le cayeron encima con todo, cuestionando sus maneras y reprobando su conducta destemplada, en vez de verlo como lo que realmente era: Una muy natural manera de decir las cosas sin ambages, carente de la imperante hipocresía que restringe a los pilotos a repetir, como si de autómatas se tratara, consabidos libretos prefabricados que buscan complacer hasta la barrendera del equipo.
Por otra parte, siempre están los que viven suspirando melancólicamente por un pasado color sepia, añorando los años dorados del automovilismo y evocando el romanticismo de pilotos antiguos que jamás conocieron, de legendarias carreras que nunca vieron y de memorables campeonatos en los que, para ese entonces, muchos de ellos ni siquiera habían nacido. A estos nostálgicos no les complace ninguno de los recientes campeones, ya que ninguno es lo suficientemente digno de calzar los zapatos de sus ídolos de antaño, así como también les amargan las actuales competencias, porque el recuerdo de añejas glorias termina irremediablemente por restarle lustre presente. A muchos de ellos no les desasiste la razón, en cuanto a la sustancial merma que ha sufrido la competencia sobre la pista, la cual ha sido inversamente proporcional al desmesurado crecimiento del show business que se ha creado en torno a ella, lo cual es un argumento válido y que comparto plenamente. Pero, aun no puedo creer, que el campeón más cercano al que se pueden permitir reconocerle ciertas facultades y algo de oficio profesional es a Ayrton Senna, y esto después de entregar la vida en la pista, porque estando vivo para ellos siempre se quedaba corto frente a un Jackie Stewart o un Graham Hill. ¿Hasta cuando van a seguir con la misma afligida cantaleta? Queriendo siempre hacer odiosas comparaciones entre Michael Schumacher y Juan Manuel Fangio o de Fernando Alonso con Jim Clark, sin tomar en cuenta las circunstancias que a cada uno de ellos le tocó sortear en su momento para alzarse con sus respectivos títulos. Critican conductas antideportivas del alemán y olvidan algunas de las mismas prácticas realizadas por el siempre recordado “Magic” brasilero, que con toda su genialidad al volante, vetaba a compañeros que pudieran distraer la atención que el propio Ayrton precisaba para sí mismo dentro del equipo, así como los continuos desmanes que prodigó tanto a aficionados, como a representantes de los medios de comunicación, así como también a pilotos rivales que no escaparon a la gran influencia de este dentro del paddock. Y que conste que, a pesar de esos reprobables deslices del paulista, Senna fue el piloto que más me ha impresionado de cuantos me ha tocado ver, así como también ha sido por el que he sentido mayor admiración hasta ahora, sin que ello me impida valorar justamente a quienes consiguieron títulos mundiales con posterioridad a su fatal percance, ocurrido en el Circuito Enzo y Dino Ferrari de la ciudad de Imola, durante el Gran Premio de San Marino de 1994.
En toda la extensión de este artículo, la única analogía que he buscado establecer ha sido la de los dos campeonatos de Mika Häkkinen equiparándolos con el primero del español. Y lo he hecho por la sencilla razón de que ambos tuvieron su mayor rival en Michael Schumacher, uno y otro contaron en su momento con el auto para poder derrotarle tanto en carrera como en la lucha por la corona, los dos llegaron a participar juntos en Grandes Premios; en fin, hay puntos convergentes en sus trayectorias que bien permiten una comparación válida sin caer en el manoseado cliché de que todo tiempo pasado fue mejor, porque, casualmente en el caso de estos dos pilotos, tampoco se cumple con esa premisa.
También hay que destacar el fanatismo exacerbado de los seguidores de los pilotos o equipos a los que Alonso les tocó vencer. Especialmente los de la escudería Ferrari y de su piloto estrella por más de una década, así como también los de McLaren-Mercedes, en una menor proporción. Seguramente este señalamiento me cueste el ganarme la animadversión de los llamados tifossi, pero debo puntualizar, sin dejar lugar a equívocos de ningún tipo, que nada tengo en contra ni de la divisa del cavallino rampante, a la que considero el equipo con mayor solera de la historia de la Fórmula 1, ni contra Michael Schumacher, un verdadero monstruo del automovilismo, ni mucho menos contra los aficionados de aquella y de este, o los del equipo McLaren-Mercedes y su anterior pareja de pilotos, Kimi y Juan Pablo. Pero sí quiero dejar bien claro mi posición en contra del fanatismo ciego, que enturbia la mente y nubla el juicio, impidiendo cualquier tipo de razonamiento objetivo que permita situar los hechos en medio de un contexto veraz.
El fanatismo desmedido es una plaga que envilece al género humano en cualquiera de sus expresiones, por citar un caso bastante emblemático y todavía reciente: Las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York fueron derribadas por fanáticos religiosos, a quienes no les cabe en la cabeza que existan otros sistemas de vida diferentes al suyo y, por lo tanto, hay que destruirlo. A este flagelo tampoco ha escapado el mundo del deporte. Aun recordamos con consternación la llamada “Tragedia de Heysel”, ocurrida durante la final de la Copa de Europa de 1985, celebrada en Bruselas, en la que los “hooligans” del Liverpool Fútbol Club protagonizaron uno de los más tristes episodios de la historia de las competencias deportivas, provocando una estampida humana que ocasionó la muerte de 39 espectadores, la gran mayoría de ellos aficionados de la Juventus. También podemos citar el caso recurrente de las llamadas barras bravas del fútbol argentino, las cuales, hasta el año 2000, ya habían cobrado la vida de 138 personas, así como de un gran número de heridos. Afortunadamente el automovilismo no ha alcanzado las elevadas cotas de violencia que se registran en el fútbol y en otros deportes, a causa de un fanatismo feral que desvirtúa totalmente el concepto del sano entretenimiento que debieran llevar las competencias deportivas al público espectador. Sirvan el par de ejemplos anteriores, a fin de ilustrar mejor la idea de las cosas a las que puede llevar un fanatismo desmesurado del que, lamentablemente, muchos se sienten orgullosos e incluso se jactan de ello.
Precisamente, por ser Ferrari y McLaren, los equipos de más tradición de todos cuantos compiten en el circo, así como los más exitosos de la categoría, esto les ha granjeado ser las que gozan de mayor favoritismo por parte del público, siendo la Renault la cenicienta del cuento entre los equipos punteros. Entre tan ingente número de buenos aficionados, también suelen surgir espontáneamente los más virulentos fanáticos a que hago mención, los cuales buscan socavar todo lo que se interponga entre ellos y sus fervientemente adorados ídolos, como lo fue, precisamente, el caso de Fernando Alonso quien corría para la casa francesa del rombo.
Proveniente de un país cuya mayor referencia en el automovilismo era un personaje tan remoto en el tiempo como Don Alfonso Cabeza de Vaca y Leighton, XVII Marqués de Portago, recordado por sus temerarias actuaciones en la década del cincuenta, surgía este mocito valentón de Oviedo que venía con ínfulas de gran piloto buscando comprometer la fulgurante, astronómica e inigualable trayectoria triunfal del mayor ganador de pole positions, vueltas rápidas, Grandes Premios y títulos mundiales de todos los tiempos, el único e indiscutible Campeón de Campeones, Michael Schumacher. Para estos fanáticos recalcitrantes, la irreverencia de aquel joven arribista resultaba una afrenta imperdonable contra su venerada estrella.
Una vez que el status quo de los sempiternos campeones se sintió tambalear al comienzo de la temporada 2005, comenzaron a sucederse las continuas descalificaciones a Alonso por parte de los más furibundos de la hinchada colorada, quienes se negaban a aceptar tan abrupto cambio en los roles protagónicos. Bastaron apenas cinco meses de postemporada invernal y un cambio ad hoc del reglamento, para trastocar cinco increíbles años de roja plenitud de la que difícilmente querían desprenderse, sobretodo si tomamos en cuenta que el cataclismo sobrevino inmediatamente después de la Campaña Admirable de “Schumi” en el 2004. Por su parte, los más duros seguidores de las flechas de plata también hacían lo propio, puesto que pensaban que aquella tarea de batir a Schumacher, que con tanto tino realizaba Alonso, debía estar destinada a uno de sus pilotos. Le criticaban todo: Como hablaba, como manejaba, incluso como celebraba sus victorias. Llegaron a la cursilería de decir que era de muy mal gusto que haya imitado un desplante de torero, gesto con el cual respaldaba un espectáculo tan cruento como las corridas de toros que, según ellos, cubren de vergüenza a todo el gentilicio hispano. ¿Es que acaso esperaban que imitara el saltito característico de “Schumi” en lo más alto del podio? De haberlo hecho Fernando, de seguro le hubieran tildado de plagiario, por hacer uso indebido de una manifestación corporal con patente registrada a nombre del germano. ¿O no?
Otra habría sido la historia si Alonso, en vez de formar parte del equipo Renault, hubiera conformado la plantilla de pilotos titulares de la casa de Maranello. Allí sí le hubieran perdonado cualquier pequeño desliz, como el protagonizado por Schumacher en los minutos finales de la prueba clasificatoria del Gran Premio de Mónaco del año pasado, dejando alevosamente atravesada su máquina en la curva de La Rascasse, buscando impedir a toda costa que el español le desbancase la pole position, así como cualquier otra menudencia del mismo estilo. Solo por vestir la braga roja le excusarían a “Nando” si le diera por celebrar en el podio con la tradicional danza asturiana del corri-corri, tal como hicieron en su momento con los desacompasados conatos de samba de Barrichello. Ahora que pasó a las filas de McLaren-Mercedes, el segundo equipo en lo que a cantidad de aficionados se refiere, veremos como muchos de sus más consumados detractores de años anteriores, empezaran a saltar uno a uno la talanquera, reconociéndole sus incuestionables dotes de Campeón; mientras que, por el contrario, el hasta hace poco idolatrado Kimi, ahora le verán como un dipsómano traidor, por el solo hecho de cambiarse a la Ferrari. ¡Cosas de fanáticos!
Todas estas razones que tan extensamente he señalado, terminarían por dejar su impronta en la percepción generalizada que se tiene de Fernando Alonso, a quien en parte se le han escamoteado sus grandes logros, entre los cuales precisamente se encuentra, el haberle ganado, en buena lid, al piloto y a la escudería más célebres de todos los tiempos. Algo ante lo cual, todos los verdaderos partidarios de las competencias de automovilismo deportivo, rivales incluidos, debieran quitarse el sombrero en señal de respeto para con el actual Campeón, ya que la nobleza obliga y lo cortés no quita ni lo valiente, ni lo buen aficionado que podamos ser, bien sea de un piloto o de un equipo en particular.
Hasta los actuales momentos, la grandeza histórica de Alonso se la debe en gran medida, además de a su propia determinación, disciplina y talento, a quien ha sido el rival más importante y el de mayor jerarquía con que tuvo que medirse en la pista, que no es otro que el propio Michael Schumacher. Lo que haga de ahora en adelante, enfrentando a aspirantes tan prometedores como Kimi Räikkönen y Felipe Massa en Ferrari, o a su propio compañero en McLaren-Mercedes, el novato estrella de los nuevos records, Lewis Hamilton, todos con autos competitivos de similar desempeño, que brindan la posibilidad a cada uno de ellos de arrebatarle su actual hegemonía de Bicampeón Mundial, servirá para determinar hasta cuándo pueda durar esta nueva era, la del propio Alonso, que por lo visto en estas cuatro primeras carreras de la temporada, no lo tendrá nada fácil para continuarla en el tiempo.
La cruz que debe cargar todo Campeón es pesada, muy pesada. La fama que a muchos inicialmente tienta, finalmente termina por agobiar o, peor aun, por aplastar si no se tienen bien puestos los pies sobre la tierra y bien agarradas las manos sobre el volante. Esa es la incomoda cruz que ahora le toca cargar a Alonso, veamos pues por cuánto tiempo la puede soportar sobre sus hombros antes de pasarla a un nuevo Campeón.
Caracas, 25 de mayo de 2007. |
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