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Lo que
son las cosas del deporte, sobretodo de la categoría máxima del
automovilismo mundial: La Fórmula 1. Cuando uno menos se lo espera,
viene y sucede algo que nos toma totalmente por sorpresa devolviéndonos
la esperanza y nos sube la fiebre.
Tras
lo que hasta entonces venía discurriendo como una temporada anodina y
muy mezquina en cuanto a depararnos vibrantes emociones, aun y cuando la
lucha tanto por el título de pilotos como por el de constructores estaba
aun abierta, llegábamos al Gran Premio de Hungría, esperando ser
testigos de otra soporífera procesión más, de otra tediosa carrera de
esas a que el Hungaroring ya nos tiene más que acostumbrados….
Si nos fijáramos únicamente en los numeritos que ha arrojado esta
temporada, pareciera que la competencia está mucho mejor y más cerrada
que en años anteriores. Antes de la cita húngara veíamos a Fernando
Alonso alzarse con 6 victorias y a Michael Schumacher responderle con 5
triunfos. El defensor del título comandaba el casillero con 100 puntos
por 89 de su más experimentado y enconado rival. Apenas 11 tantos
separaban al campeón hispano del plusmarquista alemán. En cuanto a los
equipos, también se podía apreciar una escasa diferencia de 10 puntos a
favor de Renault (149) con respecto a la Ferrari (139). Ni el volante
español, ni la casa francesa del rombo contaban con una cómoda ventaja
que les permitiera ser conservadores y jugar con los resultados y las
probabilidades. Pero lo más preocupante era que el binomio “FERRACHER”
venía apretando fuerte el acelerador, buscando desbancarles del tope de
ambas clasificaciones. Desde un enfoque tan simplista, es menester que
todos coincidamos en que obviamente estamos en presencia de una gran
temporada. Pero viendo el panorama con mayor detenimiento sucede que la
realidad era otra. Ni es tan bonita la novia, ni era tan bueno el
muerto.
Y es que las frías cifras no muestran sino apenas uno de los tantos
matices que pueden colorear a la obra, sin mostrar la perspectiva de la
pintura completa. Porque en lo que se refiere a momentos de auténtica
emoción, tales como apretados adelantamientos, maniobras espectaculares
y encarnizados duelos sobre el asfalto, la verdad es que lo que debía
ser un cuadro imponente no pasó de ser un escueto boceto de lo que tanto
aspiramos los amantes del automovilismo deportivo: La competitividad.
Tal aseveración responde al ya manido libreto de las actuales carreras,
en las que la única manera de ganarle la posición al competidor que le
precede es mediante el ajedrez en que se ha convertido las estrategias
de paradas en pits. El piloto con más méritos será el que sea capaz de
dar varias vueltas rápidas, buscando arañar algunas fracciones de
segundo al cronómetro, mientras su rival entra a reabastecerse de
combustible y sustituir sus cauchos, para que, llegado el momento de
hacer lo propio, pueda contar con ese escaso margen de tiempo que le
permita salir por delante del contrario. Claro está, que en ese momento
el piloto y el cumplimiento efectivo del plan trazado dependerá de lo
diligente y precisos que se muestren los mecánicos que le asisten.
Pulcras y brillantes estrategias que le han restado lucimiento a las
carreras en las que nadie pasa a alguien en la pista. De las doce
competencias disputadas antes de la de Hungría, tan solo los Grandes
Premios de Australia y de Mónaco se salvaron del aburrimiento y los
bostezos.
Y, precisamente, aburrimiento y bostezos esperábamos para esa décima
tercera carrera válida del Campeonato Mundial, máxime con un número tan
pavoso como el 13 y con un circuito tan revirado como el húngaro, donde
las posibilidades de adelantamiento son prácticamente nulas. Sin
embargo, las condiciones climáticas variantes serían las causantes del
completo y afortunado giro que tomaron los acontecimientos que
terminaron por romper con la reinante monotonía, permitiéndonos
disfrutar de lo que ha sido la mejor y más espectacular carrera de los
últimos años.
Paradójicamente, en esta oportunidad, el Hungaroring sería el escenario
donde, desde el mismo instante en que se apagaron las luces del semáforo
que daba inicio a la competencia hasta que cayó el banderazo a cuadros,
presenciamos una impresionante compilación de buenos momentos, de esos
que nos mantienen en vilo y con el corazón acelerado. Maniobras
sensacionales, ajustados pases, aparatosos accidentes, estupendas
remontadas, en fin, todas esas cosas de las que, precisamente, habían
carecido las carreras anteriores, no decayendo la emoción en ningún
momento a lo largo de las 70 vueltas a que estaba pautada la
competencia.
Sin querer hacer un recuento vuelta a vuelta, puesto que no es mi
propósito hacer una crónica detallada de la carrera, no quiero dejar
pasar por debajo de la mesa lo que considero lo más relevante de tan
atípica competencia: Primero que todo, la lluvia. La pista mojada
durante la mayor parte de la carrera fue un factor determinante para
como se desenvolvieron los hechos sobre la misma. El agua fue el
catalizador que permitió ver las grandes habilidades conductivas del as
ibérico, Don Fernando Alonso, quien partiendo desde la casilla 15,
remontó como solo pocos pueden hacerlo, dando un auténtico recital de
buen manejo hasta que la mala fortuna se cebó sobre el Hijo Predilecto
de Asturias y de la España toda. Una verdadera pena que tan magnifica
actuación no cristalizara en lo que hubiera sido un merecidísimo podio
para “Nando”. Y, expresamente, digo podio en vez de triunfo, porque
justo unos instantes antes del incidente que le obligara a abandonar, ya
Jenson Button le había ganado la punta de la carrera.
Quiero hacer hincapié en esto, ya que algunos han querido hacer ver que
el piloto ingles heredó la que ha sido su primera victoria en la
categoría tras el retiro forzoso del español. Cuando el piloto de
Renault se disponía a salir del área de los pits tras su segunda parada,
ya el Honda del británico se había tragado la recta principal y tomaba
la primera curva. La trepada a lo más alto del podio por parte de Button
fue con todas las de la ley. A Jenson nadie le regaló nada. Sobretodo si
se toma en cuenta que también él tomó la salida bien retrazado en la
parrilla de largada, desde la casilla 14. Con ello protagonizó la
victoria acompañada de la mayor remontada en la historia del Gran Premio
de Hungría, superando lo conseguido por su paisano Nigel Mansell en la
edición del año 1989, cuando el siempre batallador y muy recordado “León
Ingles” se devoró a todos sus rivales luego de partir en la duodécima
posición.
Michael Schumacher, por su parte, desaprovechó todas las oportunidades
que Alonso le sirviera en bandeja de plata para descontarle un buen
número de puntos en el duelo que ambos vienen librando por el título de
pilotos. Primero que todo, los comisarios húngaros ya habían impuesto a
Fernando una sanción de dos segundos adicionales al crono que este
consiguiera al día siguiente en la prueba clasificatoria, por dos
incidentes en pista ocasionados por el hispano durante los
entrenamientos oficiales del viernes. Ello permitía al “Barón Rojo”
buscar interponer la mayor cantidad de autos posible entre su Ferrari y
el Renault de su rival en la formación de salida. Pero sucede que
Michael cometió el error de adelantar a un par de autos bajo régimen de
bandera roja en las pruebas matutinas del sábado, pecadillo este que le
acarreo una penalización igual a la de Alonso, con lo que
lamentablemente perdía el beneficio del regalito involuntario que le
había dado su contrincante.
Ya en carrera, tras el ya comentado retiro de Alonso y con una pista que
comenzaba a secarse, el heptacampeón ocupaba la segunda plaza cuando
erróneamente decidió irse hasta el banderazo a cuadros con unos
neumáticos completamente desgastados que le hacían perder varios
segundos por vuelta con respecto a sus más cercanos seguidores. En su
afán de encaramarse en el podio a como diera lugar, “Schumi”
desesperadamente se enfrascó en sendos e infructuosos duelos, primero
con el español Pedro De La Rosa de McLaren-Mercedes, y luego con su
paisano Nick Heidfeld de BMW-Sauber, con el que tuvo un encontronazo que
terminaría por dañar la suspensión de su Ferrari a escasas dos vueltas
para el final de la competencia.
Al siempre tenaz y competitivo volante germano le faltó la frialdad para
valorar las limitaciones que le imponían sus cauchos y, en vez
sacrificar 3 puntos en aras de sumar los 5 que otorgan al cuarto lugar
en el que hubiera arribado de no haberse arriesgado al toque con “Quick
Nick”, con lo cual se hubiera puesto a tan solo 6 tantos de diferencia
con respecto a Alonso, se las jugó todas con el consiguiente retiro que
lo dejaría tal y como comenzó la carrera, con 11 por detrás del
asturiano. Pero las palabras sacrificio y conformismo no existen en el
vocabulario de Michael Schumacher, a menos que el que se inmole sea su
compañero de escudería en beneficio de él. Definitivamente el piloto
alemán desconoce el refrán que aconseja “que a veces perdiendo también
se gana”.
Pero no todo fue adverso para la estrella de Ferrari, ya que recibió su
premio de consolación al capitalizar un puntito tras la descalificación
del octavo clasificado en la competencia, el debutante Robert Kubica,
razón por la que Schumacher, a quien siempre acompaña la llamada suerte
del campeón, pudo sumar aunque fuera ese único punto a su causa personal
de obtener su octavo título. ¡Peor es nada!. Por cierto, Kubica
reemplazaba a Jacques Villeneuve, recién cesanteado de las filas de BMW-Sauber,
convirtiéndose en el primer piloto de nacionalidad polaca en participar
en un Gran Premio de Fórmula 1. A pesar de la penalización que le
impusieran al de Cracovia, su estreno en carrera lo completó en gran
forma, porque aun y cuando su monoplaza no pasó el escrutinio de los
comisarios, fue porque sus neumáticos estaban ya desechos y en la lona,
razón por la que posteriormente encontraron que el auto llegó al parque
cerrado por debajo del peso mínimo reglamentario.
Siempre
será bueno para el espectáculo ver caras nuevas en el podio y que exista
alternatividad de pilotos en los escasos tres peldaños que lo conforman.
Incluso en este aspecto, la carrera magiar rompía el molde y, hablando
en términos hípicos, se convertía en un auténtico batacazo en el que no
hubo cuadros con seis. Para muestra un “Button”. A Jenson le tomaría 113
participaciones en Grandes Premios para poder subir al escalón más
elevado, tras una épica competencia que en mucho nos recordó el que
también fuera el primer triunfo en la categoría del brasilero Rubens
Barrichello en el Gran Premio de Alemania de 2000.
Y a pesar de que esta vez no fueron ni Alonso ni Schumacher quienes
flanquearan al joven ingles en la foto, sí que hubo otro español y otro
alemán completando el trío: Pedro De La Rosa, quien conseguía su primera
visita al podio, y Nick Heidfeld, quien aun y cuando contaba con 4
descorches de champaña previos en su palmarés, con un par de segundos
lugares conseguidos en Mónaco y Nurburgring el año pasado con Williams
como sus mejores figuraciones, tampoco es uno de los rostros habituales
en el podio.
Ahora bien, independientemente de lo maravillosa que haya sido la
carrera de este año en el Hungaroring, sigo considerándole como uno de
los peores circuitos entre los que celebran competencias de Fórmula 1.
Sumamente lento, demasiado sinuoso, con una pista muy estrecha y con un
pavimento que siempre está polvoriento, esta instalación más se asemeja
a una gran pista de karts que a un verdadero autodromo. Por todas estas
razones es que me inclino a favor de que la válida que anualmente visita
la población de Mogyoród sea sustituido por otro Gran Premio dentro del
calendario oficial de la Federación Internacional de Automovilismo (F.I.A.),
dando paso a nuevos y más competitivos circuitos, con trazados que
permitan brindar un mejor espectáculo a los aficionados a esta veloz
disciplina.
Y cuando la cosa comenzaba a ponerse buena, la Fórmula 1 entraba en un
periodo de merecidas, pero obligadas, vacaciones de verano, en las que
los equipos no estaban autorizados a realizar pruebas en ningún
circuito, teniendo que limitarse a efectuar ensayos en simuladores y en
túneles de viento para tratar de sacar algún desarrollo para cuando
concluyera el forzoso receso. Comenzaba así la larga espera para la
próxima cita del campeonato: El Gran Premio de Turquía.
Mientras tanto, todos a la playa, la montaña o el club.
Caracas, 11 de septiembre de 2006.
Por: Andrés Ignacio Fortique Schmidke. |